MI PADRE

Cuando nuestras largas tardes de juegos llegaban a su fin, y la cena estaba ya en el fuego, entonces escuchábamos como se cerraba la puerta del ascensor, y el tintineo de las llaves en sus manos, y corríamos a su encuentro alborotados. Aquel abrazo con corbata nos levantaba un palmo del suelo cada noche, dejándonos en el alma ese sabor tan dulce a momentos compartidos, a seguridad y a familia.

Aspiro fuerte ahora con los ojos cerrados, y sin el menor esfuerzo me recuesto en su hombro otra vez. Huele a limpio. Me sostiene fuerte, y de cuando en cuando me acaricia el pelo. A ratos camina, y otros ratos me sostiene mientras habla con sus amigos, y ríe. Siento como se mueve mientras su risa me llena el corazón y la infancia de ese entusiasmo tan suyo…

Y pestañeo y -ahora unos años después- le veo reírse y jalearnos mientras el velero se escora sin remedio. Sus ojos hacen juego con el mar, y tiene una alegría tan contagiosa que no te queda más remedio que seguirle e izar velas, y luego zambullirte en alta mar dejando los miedos a un lado. Porque nadie como él era capaz de convertir una tarde cualquiera en una fiesta de pan y mantequilla, o  de un Neskuik con dos galletas; nadie como el alejaba las nubes de nuestro cielo con su espada de príncipe fuerte, porque “la tristeza está aquí” decía mientras señalaba nuestras cabecitas.  

Mi padre me ha enseñado que en familia es como mejor se está, y no importa los años que pasen, porque cada vez que escuche un silbido parecido al suyo, me volveré, y esperaré verlo a la vuelta de la esquina, caminando sonriente y guapo, a nuestro encuentro.



Alguien llama a la puerta, es mi hija Inés; se acerca a mi mesa, y me pregunta bajito.

_¿Qué haces mama?
_Escribo algo para el abuelo.
_Echo de menos a “mi agüelo” mama.

La cojo en brazos, y le miro a los ojos, los suyos también hacen juego con el mar…

_Yo también le echo de menos.




SE ME PERDIO LA MUSA

Alarmada, revuelvo todos mis escondrijos y solo encuentro polvo entre tanta cosa que pensaba que guardaba. No aparece.
Sentada,  sujeto mis rodillas con las manos mientras me balanceo con la cabeza hundida entre los brazos. Debería estar aquí, no sé cómo he podido perderla, precisamente hoy que la necesito más que nunca, y me esfuerzo por pensar en algo que pueda animarla a regresar a mi costado y a mi pluma perezosa.
Hacía ya un tiempo que estaba cansada de mis escenarios y de mis historias y hace sólo un par de días que amenazó con dejarme, si no le devolvía al menos un poco de lo que me daba ella cada semana. Me pregunto si habrá vuelto al sitio donde la encontré, donde nos empezamos a querer con locura; si habrá preferido parar un tiempo, coger aire, y tomar prestadas algunas ideas. Siempre estuvo enamorada del olor del papel, de los títulos originales, y de ciertos autores Chilenos.
Sonrío, esperanzada, y cuando abro el libro que tenía abandonado en mi  mesilla de noche,  la encuentro dormida, acunada por otros textos, y relajada por fin;  en sus manos, una nota.
_Querida,  necesito  volver  a  las  noches de leer hasta las tantas, y de brindar con letras diversas. Ansío trasnochar  mientras me emborracho del olor de los libros. Quiero volver a escuchar el leve sonido de las hojas al pasar y a emocionarme con otras historias. Espero que me entiendas. Fdo: tu inspiración.
Mientras sostengo el libro, aspiro el aroma de las hojas nuevas, y te respondo bajito.
_Te entiendo...y ¿sabes qué?, es exactamente lo mismo que necesito yo.


YA ESTÁ AQUI...

...esa culebra que se desliza desde el centro mismo de mis tripas hasta mi garganta, bebiéndose mi aliento. A oscuras, trato en vano de sacarme del estomago el nudo que ya me empieza a trastornar.

Esta noche ruge un viento afilado, y todos sus lamentos juegan a esconderse en el balcón; Hemos cenado ya, tu madre se ha ido a dormir, y nosotros nos hemos separado para poder atender a las niñas. Tu dormirás al otro lado del pasillo, con una, y yo me quedaré en tu habitación de soltero, con la pequeña.

Hace apenas media hora que he apagado la luz, y justo en el instante en el que parece que el viento ha cesado un poco, ese golpeteo me precipita de nuevo hacia el desasosiego.

Pum, pum, pum…

Me incorporo levemente, y busco entre las sombras el interruptor de la lamparita de noche, clic…

Pum, pum, pum…

Ahí está otra vez, es un golpeteo rítmico, juraría que se trata de una de esas pelotitas pequeñas que botan mucho. Viene del piso de arriba.

Cierro los ojos, tengo las manos heladas, encima no vive nadie y mi corazón palpita descontrolado mientras mi hija se revuelve en su cuna.

Me resisto a apagar la luz de nuevo. Cuento mis inhalaciones para centrar la mente en algo que me distraiga, pero es imposible…entonces me invade un frío que me paraliza y que me obliga a abrir los ojos de nuevo, sobresaltada.

Hay alguien aquí conmigo…el terror me desborda entera, y me debato entre escapar e irme contigo, o quedarme cuidando de mi hija…pero ella duerme plácidamente, y el frío se me hace insoportable. Con paso vacilante me dirijo a tu habitación, Inés y tu dormís y casi no hay espacio en vuestra cama, así es que hecha un ovillo me acurruco en un rincón. Desde aquí veo la puerta, no pestañeo, he dejado sola a Miren y paladeo la culpa mezclada con el miedo… mantengo la vista fija en el umbral…sé que está ahí afuera, ahora tengo la certeza de que ha estado toda la noche. De pronto siento como se enciende la luz del cuarto y escucho ronronear a la niña…un instante después vuelve a apagarse de nuevo…ha encendido la luz para verle la carita, y me descubro rezando. Y le pido que cuide de Miren como te cuidó a ti cuando vivía…

Me quedo dormida con la culebra aun bisbiseando en mi oído.

Por la mañana te levantas, y mientras desayunamos me cuentas que te has encontrado a Miren dada la vuelta en su carrito. Mi bebe me sonríe, y levanta la manita feliz mostrándome alborotada algo que agarra fuerte con sus manos. Es una pelota pequeña…

Te miro a los ojos, mientras sentencio:

 
_Prepárate que nos vamos al cementerio a ver a tu abuela.


CHOCOLATE Y MIGAS



Todas las semanas salía disparado de casa para ir a verla. Se dejaba ver por parques y jardines, saltando aceras, y pedaleando valiente y resuelto. Se acompañaba siempre de la libertad descarada que solo nos regala la infancia, y del valor insensato propio de aquellos años fascinantes, en los que cualquier cosa se curaba entre sus brazos.

Conocía el camino de memoria, y se impulsaba con fuerza, sorteando obstáculos con destreza; cuando llegaba a la Calle Santiago, inevitablemente ya, el olor a chocolate llenaba sus pulmones y disparaba sus sentidos, anticipándole al tramo final; aquella cuesta le esperaba siempre altiva, y le animaba a ponerse de pie sobre la bici. Entonces dejaba caer su peso a un lado y al otro acelerando su corazón; Cuando llegaba al parking, dejaba su bicicleta bien asegurada, y corría feliz escaleras arriba.

Trepaba los escalones de dos en dos, ansioso, hasta que escuchaba su voz al teléfono; Y la oía hablar francés, y reinar en aquella recepción como lo hacía en su casa, y sonreía orgulloso.

Su madre le recibía eufórica. La misma ilusión cada vez que veía colarse a su pequeño por la puerta, como si hubiera olvidado la visita anterior, como si fuera la última y hubiera que acariciarle para toda una vida. Le tomaba la cara, y le atusaba el pelo rubio con devoción. Su príncipe le regalaba aquellos ratos, dejándole posos de azúcar en el alma. El hijo disfrutaba de los entresijos de aquel lugar, donde encontraba la sonrisa azul de su madre, y los chocolates, y se dejaba querer, encantado.

Han pasado más de 20 años desde aquello, y aquel niño custodia muchos recuerdos en su corazón grande. Y le animo a que me cuente alguno, y me habla de los churros con mucho azúcar, de los viajes en el súper 5, del coraje de su madre, y de los bombones de licor; Sonríe recordando el alcohol para el dolor de piernas, la ineludible leche con miel, y los domingos alegres de paella y pollo asado.

Y el niño, que ya es un hombre, vuelve al pasado y revive satisfecho su feliz infancia, cuando les habla a sus hijas de la abuela y de la madre, mano a mano, criando a todos, con platos colmados de migas, y de caldo casero.

Hoy he puesto sobre el papel la historia de mi marido. Las cosas que le he escuchado contar de su infancia, tal y como el me las ha transmitido. Forma parte de un proyecto que tenemos, y que un día de estos os contaré...

INES

Algunas tardes me vence el frío. Un frío que viene de adentro y que me asalta obligándome a encogerme.

Algunas tardes, dejo de verme, se va la luz en un momento, y a duras penas me oriento.

Algunas tardes olvido lo que tengo, y la sombra me deja ver solo lo que no tengo y deseo.

Menos mal que una tarde cualquiera, cuando no encuentro consuelo, se acerca a mí, y me ofrece su calor. Y le dejo que se acerque mucho, y parece que el tiempo se para y puedo llevarla un ratito en mi vientre de nuevo.

_ ¿Puedo dormir contigo? Le pregunto bajito.

Sus ojos verdes me miran divertidos, y me responde, feliz:

_ Vale mama, esta noche me pego a ti.


EL ANDEN

Había cogido la salida de la autopista, y miraba con intensidad al frente luchando por hacer más corto el camino. Pensaba en lo que había pasado, hipnotizado por el ritmo frenético del limpia parabrisas. Nevaba, desde ayer no había parado, el cielo escupía en color blanco enterrando mis esperanzas bajo un manto blanco, congelado.

La misma mañana que te fuiste me dejaste suspendido de un hilo invisible, pendiente sin remedio de una llamada, y sumido en una soledad sin faro. Te supliqué mientras cerrabas maletas y hablabas de decepción. Para cuando quise darme cuenta, vagaba solo husmeando todos tus recodos, mientras las perchas se mecían desnudas en los rincones.

Hoy desperté sobresaltado por el sonido del teléfono, tardé unos segundos en darme cuenta de dónde estaba, y corrí a cogerlo mientras sufría el vacío en tu lado de la cama. Llegué tarde, habías colgado. Te llame inmediatamente, desesperado. Apagado. A los pocos segundos, un mensaje en el contestador.

_Perdóname. Me voy. Prefiero que no sepas a dónde. No estoy preparada para el compromiso, creo que ya no te quiero.

Tu voz me había dejado calado hasta los huesos, hubiera querido zarandearte para que me devolvieras a la que había sido mi mujer. Los últimos meses te habías rodeado de recovecos imposibles de conquistar. Traté entonces de ponerme en tu lugar, y de pronto lo vi, tuve la certeza de que volverías allí.

Nervioso, consulté los horarios de los trenes y salí de casa corriendo. No sabía que iba a decirte, no sabía que querías oír…pero tenía que llegar antes de que aquel tren arrancara. En cuanto llegaras allí, tu corazón iba a desembarcar en algún otro puerto, y no te iba a recuperar jamás.

El temporal nos había pillado a todos desprevenidos, los informativos habían anunciado bajadas de temperaturas, pero la tormenta de nieve era espectacular y desde luego superaba cualquier previsión. Los copos caían con tal fuerza que no se veía un metro por delante, y la gente circulaba muy despacio. Estaba helado de frío. La calefacción del coche apenas conseguía hacerme entrar en calor y aquel ritmo lento chocaba feroz con mis prisas, miraba con furia a los que iban delante de mí, y maldecía sus frenazos constantes. Finalmente, a un lado de la carretera, apareció la vía del tren, y mi corazón se aceleró sin remedio. Aparqué el coche, y me bajé. Una vez dentro, miré las pantallas confuso, y corrí al andén que te despedía. Un fuerte silbido me hizo encogerme, aceleré el paso, esquivé a varias parejas que se abrazaban y entonces te encontré. Te levantabas de un banco. Cubrías tu frío con un gorro, y te frotabas los brazos abrazándote fuerte, el vaho blanco salía de tu boca, acompasado.

Te diste cuenta de que te miraba inmóvil; el tren silbó de nuevo, impaciente, mi miedo se había aliado con tu tristeza, y el abismo se iba haciendo más profundo cada segundo que pasaba. Quería dar un paso al frente y detener aquello, así es que alargué mi mano hacia ti…esperaba que acudieras, que me abrazaras, que me dijeras que te quedabas; pero en lugar de eso volviste la vista hacia otro lado buscando un refugio. El apareció entre la gente, se acercó a ti agarrándote la cintura con fuerza, y te animó a seguirle con un beso; le seguiste, sin dedicarme apenas una mirada.

Entonces un torrente de ideas me nublo la vista, y algo me golpeó la cara con fuerza. Sonreí para adentro, recordando como el mismo sentimiento que te había servido a ti de alegato final, me ahogaba a mí ahora, y se bebía mi aliento.

UN RATO JUNTAS, NOSTALGIA QUERIDA

A veces te intuyo, te escondes detrás de cualquier tarde y me vigilas. Te quedas muy quieta escuchando atenta mis plegarias, y cuando menos lo espero, te cuelas veloz por ese resquicio que encontraste; entonces entras y sales de mi casa como si fuera tuya, haciendo y deshaciendo a tu antojo mientras destapas viejas zanjas…

Es inútil que me resista, porque me regalas olores viejos que había olvidado, y que extrañaba…e irremediablemente me acurruco a tu lado, y me dejo querer, y me ofreces viejos nombres, y momentos en lugares, y esa magia  que convierte las desventuras en destrezas; y me lo creo todo a pies juntillas. Me engañas y te dejo, abriéndote las puertas de par en par, fascinada.

No te vayas aun, adoro velar mi pasado con tus gafas de lejos, y verlo todo con ese filtro rosa palo. Definitivamente prefiero colorear el pretérito a mi gusto y dejar por un rato esta silla, para sentarme en otra más blanda, contigo.

Y si tardas, saldré a buscarte en los discos viejos,  y me prepararé para cuando llegues y me levantes dos palmos del suelo para luego dejarme caer, si me distraigo. 

DON TELMO

Revisaba las recetas tratando de concentrarme, clindamicina, Ibuprofeno…lo hacía en voz baja, casi en un susurro, mientras apilaba los recortes verdes uno encima de otro. Había dormido poco, estaba cansado y apuraba el último sorbo de un café con leche. De pronto escuché el quejido plañidero de la vieja puerta y el tintineo de la campana, Dejé las recetas sobre la mesa de mi despacho, y salí a atender. Cuando asomé la cabeza no vi a nadie; Noté el frío helador que se había colado con quien quiera que fuese, y un hedor intenso a tubería y a desecho que me obligó a llevarme la mano a la nariz. Cuando apenas aspiraba mi propio aroma para evitar la arcada, sentí un empujón fuerte, alcé la vista mientras recuperaba el aliento y el equilibrio, y lo vi. Desmesurado. Estaba justo delante de mí. Tan feo, Y tan rematadamente asqueroso, que no podía apartar mis ojos de aquello.  Una masa espesa de lo que parecía moco le cubría la parte central de la cara, y de sus oídos brotaba un oscuro líquido viscoso. Sus ojos miraban enloquecidos a un lado y a otro, como buscando algo, pero terminaban fijos, bizcos, sobre mí. Estaba aterrado.

Se arrastraba con lentitud mientras balanceaba sus brazos interminables señalándome con aquellas uñas largas y oscuras; con toda su torpeza era mucho más rápido que yo y en uno de aquellos balanceos me alcanzó. Noté como hacia fuerza, como apretaba los puños con rabia, y como me iba faltando el aire. Intenté zafarme de aquello, agarré sus manos pero tuve que soltarlas. Estaban frías, y me asquearon de tal modo que sentí unas terribles nauseas. La congoja me subió por el estómago hacia la garganta. No podía gritar, no podía correr, no había modo de salir de aquella esquina en la que me había sentenciado; sustancias de todo tipo caían al suelo mezclándose. Aquello estaba por todas partes. Escupía sonidos incomprensibles y desgarradores que me interrogaban acusadores. Iba a morir, si nadie lo remediaba y aquella cosa seguía apretándome de ese modo, me iba a matar; sentía pánico, pero el resquicio de vida que me proporcionaba el aire que aun llegaba a mis pulmones, mantenía vivo algún rincón de mi cerebro, y con ello la obsesión de que no tocara mi piel, de que no me rozara. Me tenía agarrado por los cuellos de la bata, y de ese modo, casi en volandas, me fue quitando aliento y mi visión se fue volviendo borrosa.


            Súbitamente escuché un sonido lejano y con él, el aire volvió a mis pulmones. Miré a un lado y al otro. Alguien me llamaba por mi nombre. La cosa se había encogido sobre si misma, y se retorcía a apenas medio metro de donde yo estaba. Parecía estar sufriendo. Trataba de no perderla de vista, que no se me acercara, pero no podía obviar el hecho de que alguien me buscaba. Me temblaban las piernas. El ser asqueroso se fue incorporando lentamente, se había quedado de espaldas a mí. Se giró despacio. Seguía en el mismo sitio, justo al final del mostrador, el único sitio por el que yo podía huir.

            _ ¡Antonio!, volvió a llamar alguien.

Reconocí la voz del representante que pasaba cada día a esa hora a dejar los pedidos. Parpadeé un par de veces mientras lo veía dejar las cajas en la entrada. Tenía los labios secos y la frente empapada en sudor. Le saludé con la mano mientras miraba a izquierda y derecha, confuso.

            Delante de mí D. Telmo me observaba mientras abría un pañuelo y limpiaba los cristales de sus gafas.

_Antonio, ¿qué te pasa? Te has quedado pasmado…

            La farmacia seguía igual, los medicamentos en su sitio, y el mostrador y el suelo limpios. Respiré ansioso, un leve olor a tubería se había quedado suspendido en el aire, pero era tan leve...carraspeé.

            _Discúlpeme D Telmo, me he quedado traspuesto, ¿me decía?.
 
            _Me estoy haciendo viejo Antonio, no me encuentro bien; desde que Marga se fue no he levantado cabeza.

            Me miraba por encima de sus gafas mientras hablaba, parecía cansado. Rondaba los 65 años, pero desde que su mujer había fallecido unos meses atrás, había envejecido muchísimo, y se había vuelto taciturno y nervioso. Cada mañana en el bar maldecía al que, según contaba, la había matado. Al parecer el ataque al corazón que sufrió tuvo que ver con la ingesta de algún medicamento en mal estado. El pobre hombre se estaba volviendo loco de pena.  

 _No sé qué está sucediendo, olvido las cosas, no soy capaz de recordar qué hice ayer, ni siquiera qué pasó hace media hora…

_D. Telmo, puedo darle algo de hemopatía para la memoria, pero vaya usted al médico a que le vea.

_Tienes razón Antonio, tengo que hacerlo…


            Aun aturdido fui a la rebotica a preparar los comprimidos de D. Telmo. Le cobré, le entregué la bolsita con lo suyo, y salió dejando tras de sí el tintineo de la campana.

            Al día siguiente, mientras desayunaba, abrí el Diario por la sección de sucesos:

“Farmacéutico pierde la vida en extrañas circunstancias. Apareció su cuerpo ayer a primera hora de la mañana detrás del mostrador del establecimiento. Se han encontrado ciertos líquidos entre las manos de la víctima. El laboratorio forense está trabajando en ello. Aun se desconocen las causas de su muerte aunque todo apunta a un estrangulamiento. Hay un testigo, vecino del barrio y conocido de la víctima, D. Telmo Ramírez, la policía pudo interrogarle, aunque fuentes de la autoridad competente aseguran que el hombre no es capaz de recordar nada”.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando el olor a podrido inundó mi cocina…

EL PAÑUELO

No puedo dejar de mirarte mientras recoges tus canas en un moño, y me sorprendo de sorprenderme, porque ese mismo gesto te lo he visto hacer mil veces. Pero hoy es diferente, hoy te preparas para salir, envuelta en un aire misterioso que me hace sentirte ausente. Hoy tus manos atusan tus pliegues y mi pena con un algo de despedida. Y estás tan bonita que quiero acercarme a ti, y olerte…y es que me vuelves loco cuando me miras de esa manera…absolutamente loco e inmensamente feliz, cuando además te acercas y me acaricias con tus manos sabias.

Has venido, te has puesto ese traje de falda y chaqueta que te queda tan bien, y entras del brazo de Inés con paso lento. Sonríes a los que se acercan a saludarte iluminando levemente la sala, y te escucho regalar palabras de consuelo. Tu propia angustia la ignoras y tratas de asfixiarla dentro del pañuelo que aprietas fuerte entre los dedos de tu mano derecha.

Les has pedido que nos dejen solos, por fin, y me miras inmóvil. Tus ojos negros brillan. Quieres decirme algo, pero lloras; lloras callandito, y me doy cuenta de que te vas a ir y de que estoy muerto de miedo.

Alguien sentenció antes de salir
_Pobre Verónica, viuda, con lo que se querían.

Te inclinas temblorosa, y me besas con tus lágrimas gastadas ya, y acercándote mucho dejas que tus pestañas y todas tus arrugas me regalen una fiesta de despedida; después colocas tu pañuelo entre mis manos, y me susurras:
_Cuídate amor mío y no sufras, te prometo que cualquier día de estos me voy contigo.

Tu cercanía aleja mis temores y, reconfortado por tus palabras y por tu promesa, aspiro fuerte tu aroma, y cierro los ojos, al fin.

NIEBLA

 
Los hombros ligeramente encogidos y las manos metidas en los bolsillos de su trenca. Bufanda de lana, y el aliento envuelto en frío. Caminaba con prisa. Miraba a un lado y a otro hundiendo su barbilla entre las solapas del abrigo y, de cuando en cuando, se giraba comprobando que nadie le seguía. Me crucé con el en una esquina, y, demasiado concentrado en su propio paso, tropezó conmigo. Nuestras miradas se cruzaron un instante, y todo lo que yo llevaba encima, cayo precipitadamente ante nuestros ojos.

_ Discúlpeme susurró.
_ No se preocupe, le respondí, mientras recogía los apuntes que habían caído al suelo.

Me apresuré a amontonarlos, y a limpiarlos con un pañuelo, el suelo estaba mojado, y se habían empapado. El volvió la mirada hacia la calle de la que venía, y dudó. Finalmente se agachó y nuestros soplos blancos se encontraron mientras rescatábamos mi trabajo del suelo helado. La luz tenue de las farolas nos alumbraba desde los charcos, y el olor a húmedo, se mezcló con el perfume de aquel desconocido. Busqué sus ojos, agradecida por su ayuda, pero sus gestos impacientes me impedían encontrar su mirada. Cuando no quedó ni un papel por recoger, se levantó, y me sonrió levemente.
Pensé que iba a decirme algo, y aun agachada le sonreí yo también, animándole. A lo lejos se oyeron pasos, y la calle se llenó de un sonido apresurado. Alguien se acercaba, y el desconocido se alejó corriendo dejándome allí, sola, y huérfana de su voz.

Le miré mientras se alejaba y se perdía por la calle Sacramento.

Los pasos que provocaron su huída, se perdieron en la distancia, y caminé hacia mi casa, pensando en aquel hombre y en nuestro fugaz encuentro.

Al día siguiente me levanté temprano. La radio hablaba de la niebla que mantenía Madrid envuelta en el misterio aquellos días. Mientras daba vueltas a mi café, miré la tele, e inmediatamente sentí el sonido de la taza chocar contra el suelo de la cocina. Los informativos mostraban el rostro de un hombre.
“Desaparece en extrañas circunstancias” explicaba la noticia.

Temblaba de miedo y de frío, cuando marqué el 091.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

AY AMIGA...

 
Me cuesta mas de un rato, y mas de dos. Me cuesta mas de tres aceptar que te vas. Que estarás mas de 4 suspiros fuera, y que tendré que contar hasta 5 y hasta 6 para que vuelvas. Y se que volverás, pero pasarán más de 7 u 8 meses, y no se dónde lloraré, ni quién me ofrecerá esas infusiones viajeras, para terminar preparándome unos deliciosos cafés. Porque da igual el tiempo que hace que nos conocemos, aun no he conseguido que se me pegue tu infinita capacidad de querer, de aceptar, y de conquistar a todos; tu alegría, tu optimismo, tu paciencia, y tu dulzura. Nena, tendré que contar hasta 9, y quizás hasta 10, y volveré a comenzar.

Encantada de hacerlo si vuelves, y me devuelves tu sonrisa.

Cuéntamelo todo, disfruta como solo tu sabes hacerlo, cómete a besos a tu compañero de viaje, y échame de menos. Aunque solo sea un poquito y en perfecto inglés.

MI MADRE

Nunca dejaba las cosas sin acabar. Esperaba a que todos hubiéramos terminado las cenas, el ajetreo interminable en la cocina, y las historias del día, para dejarlo todo ordenado y recogido. Nunca jamás dejaba nada para el día siguiente. Terminaba siempre el último pulido de la encimera con un trapo limpio, y con un suspiro, se desataba el delantal.

Entonces subía las escaleras despacio; quería terminar, dejar la rutina que nos unía a ella, y zambullirse en la suya propia. Cerraba despacio la puerta de su habitación y, media hora después, bajaba las escaleras de nuevo; Abrigada, y dejando a su paso ese olor tan suyo a crema hidratante y a jabón. Nunca vi a mi madre hacer una rutina diferente a esa. Ningún placer superaba al de enredar en los rincones de su baño. Todo ordenado, dispuesto, y siempre limpio.

Después entraba en el salón, comentaba con mi padre la programación de la noche y, si no le gustaba, se entregaba al placer de la lectura. Se sentaba siempre en el mismo rincón, siempre en la misma postura. Si cierro los ojos la veo buscar sus gafas, sacarlas de su estuche negro, y colocar a su lado los pañuelos de papel y el cacao para los labios. Siempre el mismo ritual. Uno de los tantos que acompañaron mi infancia y que tanta seguridad y tanta añoranza me traen a veces.

Recuerdo su postura frente a los libros, la pierna derecha ligeramente ladeada y la cabeza inclinada sobre la historia. Normalmente, a la hora en la que su telón se abría, era el momento de cerrar el nuestro, y nos íbamos a la cama con sus besos húmedos custodiando nuestros sueños.

Por las mañanas me colaba en aquel escenario y contemplaba los restos de aquellos instantes tan suyos. El cenicero con sus colillas, su hueco en el sofá tibio aun, y en ese espacio, el libro cerrado, con sus gafas encima. Esos ratos, en los que aún no había ventilado, y no había tenido tiempo de ordenar, sin ella saberlo me dejaba asomarme a su lado más íntimo. Me gustaba pensar como iría su libro, si le estaría gustando, o no. Me preguntaba si era feliz mi madre. Los restos de sus momentos a solas eran para mí como una ventana a su mundo propio, entonces soñaba con tener otra vida para dejar de ser su hija y poder ser su amiga y compartir más, y cuidarla mejor.

Han pasado algunos años, pero cada noche, cuando me meto en la cama, aquella sensación de maravillosa rutina me envuelve cuando dejo el libro sobre la mesilla, coloco mis gafas encima, y sonrío fugazmente al ver los pañuelos de papel, el cacao para los labios, y su foto guardando mis sueños.

Las líneas de hoy son un recuerdo real, una pincelada sólo de todos los recuerdos que guardo de ella. Mama, eres muy grande...

¿IMAGINAMOS?

¡Menuda fotografía!
En cuanto la ví, la quise.
Testigo de aquello, su creadora, mi querida Amali.
No sé cómo lo veréis vosotros, pero ¡qué cantidad de historias esconde la escena!
¿Alguna sugerencia? En breve, la mía.


DEJARE LA LUZ ENCENDIDA

No se en que momento empezó a pasar, pero te miraba y no te veía.
La rutina lo había desordenado todo dejándolo revuelto. No podía besarte, ni mirarte a los ojos, porque no me veía en ellos, no te veía.
Y aquella oscuridad me asustaba.

Un día, cuando a duras penas soportaba el peso de mis dudas, me llegó un email. Debía viajar, había un contrato que había que cerrar, y el comprador precisaba que fuera en aquel lugar en concreto. Dije que sí. Mire el mapa, y suspiré.
La mañana en la que debía coger el avión, te levantaste antes que yo; cuando entré en el baño, tu olor se me coló dentro, tan adentro que noté como las lágrimas me sacudían. Brotaban llenas y ansiosas por decirme algo. Tu esencia me hablaba alto, pero yo sólo podía encogerme. Algunas noches, cuando dormías, te miraba tratando de tocar suave alguna de tus puertas, pero nadie abría. Escuchaba tu respiración y hundía mi cabeza en tu pecho tratando de encontrarnos.
Estaba tan oscuro…

Aterrizamos de noche. Cansada del viaje, de pensar, y de coger aquella maraña y tratar de soltar nudos, me dejé llevar al hotel, y caí rendida al sueño.
Cuando abrí los ojos, no sabía dónde estaba. Miré a mí alrededor, acomodé la almohada, y sentí el tacto suave de aquellas sábanas blanquísimas. Me levanté y me di un baño tranquilo. Pensé en ti mientras admiraba los detalles que habían dispuesto para mi visita. Todo lo que me rodeaba parecía nuevo, y me invitaba a estrenar hasta mi propia vida. La decoración era maravillosa.
Al terminar, quise dirigirme a la recepción del hotel. La noche anterior las prisas no me habían dejado fijarme en nada, y la verdad es que a mi alrededor no había otra cosa que vegetación, y caminos envueltos en estanques y flores. Tomé uno de ellos. A los lados multitud de casitas, idénticas a la que me servían de alojamiento, pero ninguna pista de dónde estaba la salida. En estas estaba cuando divisé al final de un sendero una figura menuda. Era una mujer. Pequeña en estatura, y finísima en su talle. En seguida pensé, por las vestimentas, que era alguien del servicio del hotel, y me dispuse a pedirle ayuda.
Cuando me acercaba a ella, mis pasos se volvieron vacilantes. Llevaba algo entre las manos, y se arrodillaba para colocarlo sobre el suelo. A sus pies, formando un mosaico de colores, había varios cestitos. Parecían hechos de mimbre. Eran preciosos. Dentro de cada uno de ellos había flores balinesas, las había de unos tonos tan extraordinarios, que los ojos saltaban de unas a otras, sin poder evitarlo. Sin querer evitarlo.
Los colocaba uno al lado del otro con exquisito cuidado, mientras sus ojos sonreían.
Cuando hubo terminado de alinearlos todos, encendió una varita de incienso, y me observó. Me miró por dentro también.
El incienso y el brillo de aquellos ojos oscuros se me colaron dentro del mismo lugar donde habitaba tu olor. Y la mezcla me hizo estremecerme. La mujer me tomó las manos y me explicó que aquello era una ofrenda. Que cada día paraban, apartaban las nubes negras, y preparaban aquellas ofrendas de color, de aquel modo tomaban conciencia de su realidad, y daban gracias sin perder de vista lo más valioso; lo explicaba de un modo tan cercano, que parecía obvio… la calidez de la ofrenda prendió el chispazo. Miré hacia dentro, y me vi reflejada en tus ojos verdes. El olor a flores se mezcló con el de aquella vela, la que me serviría para volver a casa.

En ese mismo momento, envié un mensaje.
_Te echo de menos
Al instante, tu respuesta.
_Vuelve. Dejaré la luz encendida.

OFRENDA

Preciosa foto. No desvelaré de donde es…pero tiene que ver con el próximo relato.

¡Muchas gracias por todo Amali!



LA VIDA ES BELLA

Sonrío mirando la foto mientras escucho aquella melodía en mi cabeza;  juego con la alianza y la bailo entre los dedos, colocándola una y otra vez en su lugar, para que el brillante que la corona, luzca como debe.

4 años ya.

Sigo sonriendo y hago recuento de todos los desencuentros que han acabado en rincones luminosos, y de la cantidad de tardes juntos soñando esta vida.

Te propongo seguir, saquemos las ceras de colores y pintemos juntos. Hemos sabido contar hasta tres, ¡sigamos contando!…al fin y al cabo la Vida es Bella.

UNA VENDIMIA DIFERENTE

No había sido un verano excesivamente caluroso en Sanint Lurent, de modo que la vendimia llegó, llamando discreta a las puertas de mi otoño. Durante aquellos días, el tiempo se detenía bajo mi ventana. Era un espectáculo que había disfrutado con mi padre, y con mi abuelo, y que había aprendido a saborear a traguitos pequeños, apretados, y de color azul oscuro, casi negro.
Cuando ya llegaba la tarde, me acerqué paseando hasta los viñedos; las barricas se habían desbordado y el vino lo anegaba todo. La finca y sus veredas sabían a aceituna y a grosella, y el caldo discurría suave y cohibido. Se oía el crujir de los setos a su paso, y el olor a cedro y a menta lo iba colmando todo. Me llené de aquél aire los pulmones, y caminé. Avanzaba con cuidado, sentía la humedad entre mis pies, y me movía cauteloso para no estropear el milagro. No dejé de pasear durante un buen rato, cada tanto sacaba mi copa y capturando un poco del suelo, lo iba probando, dejando que mi memoria se perdiera dentro de aquel aroma a tabaco.

Poco a poco el sol se fue poniendo, y en el preciso momento en el que se ocultaba tras el horizonte, presentí la melodía. Me senté en un alto, y me dejé engañar por aquel momento. Violines y clarinetes sonaban acompasados. Lo hacían de un modo tan suave, que resultaban casi imperceptibles; El vino seguía acariciando la tierra, pero lo hacia cada vez más lentamente, siguiendo el compás de aquella música, y de aquella luz. Poco a poco el caudal azul y escarlata fue parcelándose; cada riachuelo tomó su rumbo. Una sintonía de música, olores y colores, fueron enredándose entre las cepas desnudas, trepando y humedeciendo su tronco, y sus hojas secas. La música se fue haciendo más intensa, los violines gemían a solas ya y, excitados, acompañaban aquella coronación maravillosa. Descendí de donde estaba, el suelo empezaba a secarse, y podía caminar entre las parcelas más cómodamente. Me acerque conmovido a una cepa, prácticamente no había luz ya, pero rocé con mi mano derecha sus ramas. Sonreí, allí estaban, llenas y repletas de nuevo. Las vides se habían dejado vestir con sus preciados racimos

OLORES, COLORES, SABORES...

Una imagen de Patricia Lafuente Colera, diseñadora gráfica que vuelve a colaborar con Recortables y Quimeras. Iustración para un relato que está en curso... vamos a imaginar un tiempito, y despues, la historia...

MI INSPIRACION


El café está listo. Con la mesa despejada y el zarandeo de la lavadora de fondo, arrío velas y persianas buscando la calma precisa para deshojarte. Me quiere, no me quiere… y voy conquistando embelesada el regalo que me han hecho en esta tarde de domingo. Un rato libre para encontrarme contigo. Ponte cómoda, anda. Hasta dentro de unos días no compartiré el relato que me susurraste… ¿preparamos un aperitivo mientras tanto?

LIBÉLULAS

Cuando llegaba el verano, y las noches se tornaban cálidas, le bastaba esperar a que la oscuridad lo llenara todo, para poder capturar aquel momento, y guardárselo en el pliegue más calentito del alma. Se sentaba sigilosa en la puerta de su jardín, y buscaba entre las ramas de los árboles, curiosa. Movía la cabeza despacio, temerosa de romper el encanto, hasta que los veía asomarse bajo la luz de la luna. Poco a poco, la vista se iba haciendo a la oscuridad, y las estrellas aparecían en escena, alumbrándolo todo y descorchando el hechizo.

Se reunían en el rincón de su particular edén, las noches claras de luna limpia. Eran cuatro. Astrónomos, sabios, príncipes, imposible saberlo. El mayor permanecía muy cerca de los demás. Concentrado sostenía un libro, y relataba historias con un cariño inmenso. Les mostraba cada estrella, y cada planeta, nombrándolos una y otra vez, incansable. El segundo no cesaba de moverse. Moreno, inquieto; miraba al cielo con intensidad, y apoyaba su cabeza sobre el tercero. Este, con unos ojos azulísimos, escuchaba todo lo que los demás decían, y con una dulzura exquisita, concentrado y responsable, sostenía la mano del más pequeño de los eruditos…el último…inquieto e impaciente por conocer la galaxia, y por vivirlo todo.

Sentados en la hierba escrutaban el cielo con ahínco. Cuando uno hablaba, el de al lado completaba la frase en un ir y venir de carcajadas y de ohhhhhhs de admiración. Cada uno tenía un papel en el espectáculo fantástico. Mientras uno dirigía, el otro provocaba el alborozo de aquel singular grupo, animándolo a seguir con los ojos fijos en el cielo; Ella los miraba a escondidas sorprendida de aquellas cuatro criaturas, tan diferentes entre sí y tan cercanos; Esas noches, se mezclaban casi pisándose, riéndose hasta el agotamiento; Custodiaban su mundo fantástico, ayudando a los más pequeños a identificar el sinfín de libélulas que surcaban la Vía Láctea. Eran noches mágicas de bostezos y descubrimientos.

En un momento dado, el segundo sabio, pregunto al primero.
_ ¿Tú crees que allá arriba vivirá alguna princesa?
_ Si claro, respondió muy serio este, colocándose las gafas.
El más joven, impaciente, añadió:
_ Pero ¿será una princesa preciosa de esas de los cuentos?
Entonces el príncipe de mirada azul, muy serio, se llevó las manos a la cara, y se frotó los ojos, cansado. Casi en un susurro, dijo:
_ Será guapa, pero nunca más que ella.
El resto le miró, sonriendo.
 

Han pasado 30 años. Cuando la abuela me ve entrar en la galería, se apresura a limpiarse las manos sucias de pintura. Me recibe cálida, como siempre.

Se sienta en su butaca, y le pido que me cuente de aquellas noches de verano de las que papa tanto me ha hablado y cierra los ojos, rindiéndose a sus recuerdos. Pasan unos segundos, la luz se cuela entre las rendijas de las persianas, y huele a café, a canela y a nueces. Suspira profundo y me mira directamente a los ojos, antes de desgranar la historia…

Mis 4 hijos compartiendo el firmamento, ¿puedes imaginar mejor regalo?

ANTES DE LA HISTORIA...

Esta semana tengo la suerte de que Paula Alenda, haya preparado este dibujo para acompañar un cuento. La historia, en breve. Os animo a que le echéis un vistazo a su rincón;  enontraréis un trabajo bien hecho, y unos dibujos suaves, preciosos. Gracias Paula.

LA CARICIA


Escuché el estruendo en el preciso instante en el que te buscaba entre aquella cortina de agua. Llovía a mares. A duras penas podía mantenerme en pie, el barro lo llenaba todo, y lo que quedaba de nuestra cosecha, se lo había tragado el agua. Las gotas caían apresuradas por mi cara y escalaban mis pestañas, cegándome. No te veía. Habías salido delante de mí, turbada por tanta lluvia, dispuesta a salvar lo poco que nos quedaba por perder.
Hacía ya más de dos días que el cielo escupía desafiante, las carreteras estaban cortadas, y el puente que unía nuestra Aldea con Sukkur, se había desplomado sobre el río. Llevábamos incomunicados ya dos días, y los alimentos y el agua empezaban a escasear. Todo eso te había impulsado a salir corriendo. Te dije que no lo hicieras. Que esperaras a que parara un poco. Pero nunca se te dio bien esperar.
De pronto lo oí, un sonido fuerte, abundante. Una explosión que me arrastró irremediablemente. El agua me envolvió en sus brazos y me alejó de ti.
Traté de pensar, de actuar, de no dejarme llevar por el pánico que se iba instalando entre los pliegues de mi alma. Luchaba por mantener la cabeza fuera del agua -turbia, y tenaz-, para poder respirar y mantenerme con vida. Pero las fuerzas me iban desamparando. Aquello era más fuerte que yo. Me dejé ir -perdóname-, y me enredé en mi propia vida con sus imágenes luminosas.
Y entonces sucedió. Te vi. Los brazos ligeramente abiertos, tu vestido flotando en dulce compás con las aguas, y esa sonrisa cómplice y plácida coronando tu rostro. Ya no mostrabas la desesperación que te acompañó esta mañana, cuando saliste a exigirle al cielo una explicación. Te vi. de pronto, clara y nítida. Alargaste la mano, y me acariciaste el pelo, suave.
El estruendo había dejado paso al silencio.

LA CARICIA...EN BREVE

Como adelanto, para que vayaís imaginando, una imagen. Estremecedora, ¿no?




Gracias Javi por la foto, eres un artista.

ATREVETE


Dibujaba círculos con el índice de su mano derecha. Sobre el papel, la pluma que se había regalado, y el encargo de escribir algo. Aquél editor había convocado un concurso de relatos, y quería presentarse. Nunca había expuesto sus historias. Le parecía arriesgado e innecesario. Pero el día anterior, leyendo la convocatoria se había decidido. Quería atreverse.
La historia debía nacer de una imagen que les habían entregado en un sobre cerrado; lo abrió con cuidado y se quedó contemplando aquellos trazos. Una mujer morena se llevaba las manos a la cabeza con un gesto indescifrable en el rostro. Vestía un vestido rojo y el pelo recogido en un moño espléndido. Más abajo, casi escapando del papel, la misma mujer, pero vestida de blanco.
Miró despacio aquel duelo de imágenes, y le pareció oler el desamparo. Cerró los ojos.
Se vio de nuevo ante aquel espejo antiguo. Alguien le ayudaba a vestirse y a ultimar detalles. La emoción contenida que había en aquel vestidor, fluía ajena a la tristeza mortal que ella sentía. Ni siquiera el vestido le gustaba; el blanco hacía juego con su apatía, le oprimía el pecho, y le menguaba el alma. Nada de lo que había sucedido en el último mes le gustaba, pero no se había atrevido a decírselo a Carlos. El no escuchaba, y tanta proposición aceptada, y tantos planes, la habían llevado a aquel vestidor, y a enterrarse dentro de aquel vestido insípido.
Se montó en el Rolls Royce completamente mareada. Miraba pasar los campos a través de las ventanillas, mientras improvisaba excusas que la alejaran de aquello. Pero el coche paró, y alguien le abrió la portezuela. Una mano le ofreció el apoyo, y ella-otra vez-no supo negarse. La pequeña puerta de la Iglesia le invitó a pasar, levantó la vista del suelo, y en el mismo instante en el que vio a Carlos al final del pasillo, esperándola, pudo distinguir otra silueta en los primeros bancos. No esperaba verlo allí, tenía una buena excusa para no acudir aquella mañana. El estómago le dio una vuelta, y caminó más despacio, muerta de miedo.
Entonces se atrevió, avanzó unos pasos y, acercándose, le tomo la mano, y le susurró algo al oído. Por detrás, lejos, le pareció escuchar a Carlos decir algo, coreado por los susurros de los invitados. Sintió que respiraba mejor. El la abrazó, y sosteniéndola firme por la cintura, salieron corriendo. Arrancaron el coche, y desaparecieron.
Al cabo de unos minutos, cuando perdieron de vista la Iglesia. El la miró, y le dijo risueño “ te sienta muy bien ese color”.
Ella cogió airé, y rió como una niña. El vestido lucía rojo.
Cuando abrió los ojos, vio como Carlos le dejaba un café encima de la mesa, y salía de la habitación silencioso.
Suspiró cansada y se puso a escribir, esta vez tenía que atreverse. 

ENVIDIA

Eso es lo que siento cuando veo la ilustración de hoy. Es de una diseñadora gráfica, Patricia Lafuente Colera. Una oportunidad que me ha regalado, ella dibuja, y yo invento una historia…en breve cumpliré mi parte, ¡gracias Patricia!


NO LLORES

Lo encontraron derribado en la puerta de casa. Tendido de lado; murmuraba palabras enrevesadas, encogido en la acera. La sangre brotaba pletórica, tiñéndolo todo de rojo. Estaba vivo, con una media sonrisa en los labios y con el corazón latiendo bajito, pero con ese gesto presumido tan suyo; sostenía débilmente algo entre sus dedos.
Se llamaba John. Mentía sobre su edad para poder seguir viviendo en el hogar de acogida. Las niñas se volvían locas por él. Piel morena y pelo ensortijado; era alto, delgado, y guapo a rabiar. Hablaba con esa cadencia tan propia de los de allí, y tenía un algo que atraía a todos. Había salido huyendo de Medellín. Trataba de poner distancia, y de zafarse de los fantasmas. Habían asesinado a su padre a hierro, y la venganza heredada lo había llevado a matar para hacerle justicia.
Muchas tardes, aprovechando la luz naranja del embarcadero, compartía entre susurros que temía el desamparo de la noche; contaba que cuando caminaba solo, percibía con una certeza meridiana como sus muertos le acosaban. Como casi sentía sus alientos fríos en su cuello, como se giraba trastornado y movía los brazos tratando de ahuyentarlos. Vivía vigilando que las almas de los que había matado no le ahogaran en plena noche. Mi pobre John, sabía que su condena era precisamente estar vivo.
Compartía los crepúsculos con un joven sicario, una persona maravillosa con una suerte funestísima, y todos aquellos terrores, compartidos a media luz, fraguaron entre nosotros una unión especial.
En los meses que vivimos juntos, nos hicimos inseparables. Era un hombre sonriente y cauteloso Me contaba de cuando salían a matar; lo hacía en un tono de inmensa vergüenza, sin un solo matiz de vanagloria. Más de una vez yo le escuchaba entre lágrimas, y él se levantaba rápido del suelo y me abrazaba, “no llores” me imploraba.
Cuando se fue acercando el momento de mi partida, mi corazón comenzó a temblar, era una agonía diaria. Los muchachos iban despidiéndose, me entregaban notas de despedida, dibujos los más pequeños, y John, no se separaba de mí ni un minuto. La tarde antes de irme cogí una cadenita que yo llevaba colgada del cuello, y se la regalé. La puse entre sus manos y se las cogí fuerte. Era muy consciente de que, si John hubiera nacido en otro lugar, hubiera sido un hombre de provecho...aceptó la medalla, y se despidió de mí con un abrazo inmenso.
Al cabo de un tiempo de haber vuelto a casa, mi cabeza se resistía a caminar entre calles asfaltadas, nunca me había sentido más fuera de lugar. Echaba de menos el calor, la humedad, la música, y echaba de menos a los chicos.
Una tarde, sonó mi teléfono, lo cogí ansiosa cuando vi aquella interminable fila de números en la pantalla. Al otro lado de la línea, alguien se resistía a hablar, había un zumbido tremendo de fondo, y no resultaba fácil comprender, finalmente escuché:
“A John le han disparado”. Tras esa frase, un silencio sepulcral me cedió la palabra.
“¿Qué ha pasado?” pregunté, mientras un millón de escenas me mortificaban el alma.
“Le han asaltado en la puerta de casa, han intentado robarle pero parece que se ha resistido, lo han encontrado con un tiro en el cuello, y una cadena en la mano”.
Aquella voz se perdió en la lejanía, y  pude escuchar como mis entrañas tiritaban muertas de miedo y de frío. Me dejé caer, doblegada ante la desdicha obstinada de los desafortunados.

ESTRICNINA

La mesa estaba dispuesta para las grandes ocasiones. La ciudad de Beynac vestía sus mejores galas para recibir la visita del Cardenal Sodano. La hermana Amélie paseaba entre platos, vasos, y manjares, con la dulzura y el humilde aplomo del que se sabe ganador. Una vocación temprana la había llevado a dejarlo todo y a servir en un convento de Francia. Su labor la llenaba completamente, cuidaba de los enfermos, les lavaba el cuerpo y el alma, les daba de comer, y los acompañaba en sus tribulaciones. Nadie escapaba al encanto de sus dulces maneras. Cuerpo menudo, andares discretos, largas manos y rasgos finos. Mujer de reacciones contenidas, y carácter firme, se daba a los demás sin vacilar. Siempre.
  La luz se colaba esquiva entre las rejas de las estrechas ventanas, dejando a su paso espirales de polvo suspendidas en el aire. Amélie acariciaba los cubiertos, aderezando todos y cada uno de los detalles del convite. Al mismo tiempo desgranaba un rosario. “Santa María, ora pro nobis”, llenando la estancia de piadosos bisbiseos.
Cuando al fin el reloj anunció las 12 del mediodía, se abrió la gran puerta del salón, e hicieron entrada los invitados. Sotanas, alzacuellos, y una sinfonía de mitras color carmesí, hacían coro al cardenal Sodano. Su rostro siempre severo parecía particularmente tenso, y sus maneras pesadas y lentas contrastaban con el ir y venir de las hermanas sirviendo y disponiendo todo.
  Amélie acarició el pequeño frasco dentro del bolsillo de su hábito. Su rostro inmaculado casi dejó entrever su callada intención; cogió la copa de vino, y vertió el contenido del frasco. Despacio. Consciente. Después se acercó a la cabecera de la mesa, y ofreció la copa al cardenal. Este hizo un leve gesto con la cabeza, y bebió. Inmediatamente después, y escoltada por el silencio curioso del resto de invitados, bebió ella. Se miraron. Y mientras sus vidas sucumbían al veneno, ambos pedían perdón a Dios por los pecados cometidos.


Gracias Javichu por regalarme tu tiempo. Bien preciado y escasísimo. Gracias.

LA BÚSQUEDA

Una y otra vez se repetía aquella imagen. Mis pasos vacilantes, abriéndose camino entre la gravilla, me conducían a aquel lugar. Verde, sombrío. Siempre al fondo los bancos, y una silueta de mujer que se recogía sobre si misma encogiéndose un poco, como buscando darse calor con los brazos. Yo la observaba de lejos, mis pisadas sonaban más leves, y se mezclaban con el ruido de las hojas secas bajo mis pies. Como alertada por el sonido de mi proximidad, ella giraba su cabeza hacia el camino, y me buscaba entre los árboles, inquieta su mirada, mientras el viento mecía sus cabellos y mis anhelos. Era una mujer bellísima, de tez muy blanca y rasgos finos. Siempre misteriosa, y con aquella mirada tristísima, de un verde profundo. Me miraba durante apenas unos segundos, y luego, cuando mi corazón se aceleraba, presuroso, se levantaba, casi flotando, y desaparecía entre los árboles del parque dejándome solo.
Aquel día el paisaje apareció ante mí, como siempre. Conocía el camino perfectamente, y por alguna razón no se me ocurría cambiar el itinerario, tratar de llegar a ella por otro lado para poder acercarme más. Mis pasos trazaban, obedientes, el paseo de siempre. La gravilla crujía bajo mi peso. Allí estaba. Me fijé en seguida en que había cambiado su gabardina de siempre por una americana más ligera, se había soltado el pelo, y parecía menos encogida que otras veces. Miraba hacia delante apoyando sus dos manos en el banco. Cada tanto movía la cabeza y sus rizos rojizos se mecían suavemente. Parecía buscar algo, estaba esperando. Traté de acercarme sin hacer ruido, estaba nervioso, temía que pudiera oír mi respiración agitada; Entonces se volvió hacia mí, apenas nos separaban unos metros, nunca habíamos estando tan cerca el uno del otro. Me miró, se puso en pié, y se acercó hacia donde yo me encontraba. Inquieta, jugueteaba con algo entre sus manos, regalándome fugaces y verdes momentos. Cuando apenas nos separaban unos centímetros, puso sus manos sobre mis ojos, obligándome a cerrarlos, y me susurró al oído “¿qué buscas?”. No sabía que decirle, no sabía qué buscaba, mi sueño me llevaba a ella, y aquella visión se había convertido en casi una obsesión. Estaba obsesionado con hablar con ella, con saber que le pasaba, por que estaba triste… y sobre todo, por saber si era real, y algún motivo que yo no alcanzaba a entender, algo nos había unido en aquel sueño. Apenas pude susurrar, “¿Quién eres?”.
Sentí como deslizaba algo en mi mano derecha. Y sentí también un frío repentino. Abrí los ojos, y ya no estaba conmigo. Había vuelto a dejarme solo. En mi mano, una brújula pequeñísima donde aparecía grabado un mensaje: “No dejes de buscar”.
Abatido me senté en el banco. Me encogí sobre mí mismo rodeándome con los brazos, tenía frío y estaba solo. De repente escuche pasos de gravilla, venían del mismo sitio por el que había llegado yo, levanté la vista, y adiviné una sombra, alguien me miraba entre los árboles, casi podía escuchar su corazón latiendo rápido. Me puse en pié, y desaparecí de allí presuroso.
Me desperté bañado en sudor. Desconcertado me incorporé levemente. Algo me incomodaba, alargue la mano hacia la almohada. Se me había debido caer, y descansaba entre las sábanas.
Sobrecogido, respiré intensamente y me repetí, “no dejes de buscar”.
 


CALIMA

Llegó el tiempo de descansar, de urdir y de planear. Llegó el verano, y Recortables y Quimeras se retira unos días con una imagen en mente…

A la vuelta, la historia.

EL ARCO IRIS DE INÉS

Inés tenía 3 años y era una niña valiente y decidida. Cada semana acompañaba a su papa a montar a caballo, buceaba en la piscina, y jugaba en el parque con sus amigos. Pero había una cosa que le daba mucho miedo, más que ninguna otra en el mundo: Las tormentas. Cuando escuchaba el ruido de los truenos, se tapaba los oídos con fuerza esperando a que pasaran.
  Un día de mucha lluvia, su mama se la encontró en su cuarto con las manos rodeando su cabecita, la tomó en sus brazos y mientras la acunaba, le susurró: "Gordita mía, cuando tengas miedo piensa en algo que te guste, ¿qué te gusta de las tormentas Inés? ¡Piénsalo!, ¡algo tiene que haber!" Inés se quedó callada, pensando, había algo de las tormentas que sí le gustaba. Le encantaba el olor a hierba mojada, disfrutaba viendo las gotas deambular por el cristal, y adoraba saltar en los charcos mientras corría de la mano de su hermana a buscar refugio; pero había algo, por encima de todo eso, que le volvía loca, y era la magia hechizante del arcoíris, todos aquellos colores le fascinaban. Su madre le sonrió satisfecha, "¿el arcoíris?, muy bien hija, pues cuando tengas miedo busca en tu imaginación, verás qué tesoros esconde…"
Una tarde estaba jugando en casa, cuando de pronto el cielo empezó a ponerse oscuro y poco a poco empezó a llover.

Papa cerró las ventanas para que el agua no entrara en casa y lo mojara todo.


- "Inés" le dijo al cabo del rato "es hora de ir a la cama, mañana tienes que ir a la escuela".
- "Pero papa, no quiero meterme en la cama, me da miedo, llueve fuerte y hay tormenta, quiero que venga mama…".
- "Hija, ya sabes que mama volverá tarde hoy, métete en la cama y te dará un beso cuando llegue esta noche, ¿de acuerdo?".

Inés se metió en la cama a regañadientes, no quería dormir, no le gustaban nada esos truenos...
Se quedó muy quieta en la cama, esperando a que todo aquel ruido terminara, y entonces recordó lo que le había dicho su madre. Pensó en ella y en un arco iris inmenso. Y entonces, en medio de la intensa lluvia, vio una mujer que entretejía delicadamente miles de hilos de colores.
Enredaba entre sus largos dedos finas hebras de un rojo vivo, y las mezclaba con las verdes, y con las amarillas, más tarde.
Después acariciaba la mixtura mirando al horizonte, pensativa, y volvía a escoger con atención este o aquel tono. Hacía bonitas trenzas con unos y otros y se las ofrecía al sol. El astro, fisgón, asomaba la nariz entre la cortina de agua, y la mujer sonreía de placer. Entonces todas aquellas mezclas centelleaban y ella reía feliz. El agua empapaba su pelo negro, y todos los colores se fundían en una danza impecable con el agua, y con la luz blanca de aquel rostro. ¡Inés nunca jamás había visto un arcoíris más bonito!.
La mujer se giró hacia ella y le hablo con suavidad, "Inés, este arcoíris es un regalo solo para ti, cada vez que lo veas en el cielo, recuerda que las tormentas pueden ser maravillosas…". Entonces se inclinó y la besó dulcemente.
En ese preciso instante, Inés abrió los ojos, estaba en su habitación, los truenos habían cesado, y su madre cerraba con delicadeza la puerta del cuarto…





Las ilustraciones son un regalo genial de Pia, y de su tropa, para Ines en su tercer cumpleaños. ¡Gracias CarlotaGuille!, y muchas felicidades a mi dulce Inés.