MI MADRE

Nunca dejaba las cosas sin acabar. Esperaba a que todos hubiéramos terminado las cenas, el ajetreo interminable en la cocina, y las historias del día, para dejarlo todo ordenado y recogido. Nunca jamás dejaba nada para el día siguiente. Terminaba siempre el último pulido de la encimera con un trapo limpio, y con un suspiro, se desataba el delantal.

Entonces subía las escaleras despacio; quería terminar, dejar la rutina que nos unía a ella, y zambullirse en la suya propia. Cerraba despacio la puerta de su habitación y, media hora después, bajaba las escaleras de nuevo; Abrigada, y dejando a su paso ese olor tan suyo a crema hidratante y a jabón. Nunca vi a mi madre hacer una rutina diferente a esa. Ningún placer superaba al de enredar en los rincones de su baño. Todo ordenado, dispuesto, y siempre limpio.

Después entraba en el salón, comentaba con mi padre la programación de la noche y, si no le gustaba, se entregaba al placer de la lectura. Se sentaba siempre en el mismo rincón, siempre en la misma postura. Si cierro los ojos la veo buscar sus gafas, sacarlas de su estuche negro, y colocar a su lado los pañuelos de papel y el cacao para los labios. Siempre el mismo ritual. Uno de los tantos que acompañaron mi infancia y que tanta seguridad y tanta añoranza me traen a veces.

Recuerdo su postura frente a los libros, la pierna derecha ligeramente ladeada y la cabeza inclinada sobre la historia. Normalmente, a la hora en la que su telón se abría, era el momento de cerrar el nuestro, y nos íbamos a la cama con sus besos húmedos custodiando nuestros sueños.

Por las mañanas me colaba en aquel escenario y contemplaba los restos de aquellos instantes tan suyos. El cenicero con sus colillas, su hueco en el sofá tibio aun, y en ese espacio, el libro cerrado, con sus gafas encima. Esos ratos, en los que aún no había ventilado, y no había tenido tiempo de ordenar, sin ella saberlo me dejaba asomarme a su lado más íntimo. Me gustaba pensar como iría su libro, si le estaría gustando, o no. Me preguntaba si era feliz mi madre. Los restos de sus momentos a solas eran para mí como una ventana a su mundo propio, entonces soñaba con tener otra vida para dejar de ser su hija y poder ser su amiga y compartir más, y cuidarla mejor.

Han pasado algunos años, pero cada noche, cuando me meto en la cama, aquella sensación de maravillosa rutina me envuelve cuando dejo el libro sobre la mesilla, coloco mis gafas encima, y sonrío fugazmente al ver los pañuelos de papel, el cacao para los labios, y su foto guardando mis sueños.

Las líneas de hoy son un recuerdo real, una pincelada sólo de todos los recuerdos que guardo de ella. Mama, eres muy grande...

6 comentarios:

nere dijo...

Tú madre tiene muchísima suerte. El regalo más bonito posible de imaginar, el recuerdo perfecto de su ser. La ternura y riqueza de tus palabras harán sentirse muy orgullosa a tú madre.

Txikis del Bidasoa dijo...

Deseo con todas mis fuerzas que mis hijos quieran asomarse, acercarse a mí como tu lo hacías en esas inspecciones matutinas. Por mi parte intentaré ser así de fascinante. Ahora queda su parte, ser tan sensibles y receptivos como tú.

Mi próxima lista de la compra incorporará crema de manos, bien, bien perfumadita.

Pía

( ups,igual me he pasado de sensiblería, pero es lo que pienso, Marta!)

Amalia dijo...

Precioso!!!! yo también creo que es el mejor regalo... Y la forma de contarlo es tan ... entrañable. Me encanta.

Recortables y Quimeras dijo...

Mi madre, y mi familia, me inspirarían un libro, la verdad. Y sí, espero que mis hijas tambien tengan ese deseo de conocerme!! ayyy, vida curiosa esta!!

Gracias chicas por pasaros por Recortables y por leerme!!

Anónimo dijo...

Ternura!
Esta historia está toda fabricada con enormes bloques de ternura!

Anónimo dijo...

He econtrado un hueco para mí y lo he dedicado a retomar tus relatos. Me he emocionado leyendo este, tantos recuerdos y tanta añoranza... Ha merecido la pena!!! Ojalá nuestras hijas lo sientan algún día y sepamos verlo y disfrutarlo...
Un beso y gracias por poner en palabras tantos sentimientos.

Elena