GRACIAS

Con devoción para Javier y Pili, ellos saben por que...



Qué locura tan bonita es esta vida, un viaje en tren, una travesía sembradita de rosas y espinas. Y qué delicia sentarse y sentir el traqueteo mientras paladeas los paisajes que nos prepara; que placer dejarse mecer y dormir a ratos, abriendo y cerrando los ojos a nuestro antojo, y ver pasar ente nuestra mirada –agradecida- mar, cielo, y nieve. Que bendita locura cuando se detiene el tren y afuera todo es bullicio, y bajas y la luz del sol te templa el espíritu mientras descubres emocionada esta o aquella cara 

Pero que penoso cuando cae la noche, y abres los ojos y el vagón está vacío, y sientes la desazón del miedo, y escuchas el silbido que te arranca del asiento, y la estación en la que tienes que bajarte es oscura, y fría. Y quisieras que el tren continuara su marcha, pero no puede ser.  La estación está ahí, y hay que bajar, y caminarla, y recorrerla, y tratar de calentarla un poco, descubriéndola.



Cuando puse un pie en aquel suelo cuarteado, estaba cargada de temores. Sabía que el tren no iba a quedarse ahí parado para siempre, pero mi cabeza no hacía conexión con mi alma, y yo temblaba sin remedio. Entonces aparecisteis, y acogiéndome, me ayudasteis a creer de nuevo. Y lo hicisteis con tanto cariño que sin darme cuenta fui recorriendo la estación con uno a cada lado, y fuimos encendiendo luces y apartando cosas inútiles que se ponían en mi camino. A ratos me dejabais sola, y cuando mis pies ya no me seguían, y solo quería cerrar los ojos y huir, entonces volvíais a aparecer, entrañables, para ayudarme a entrar en calor de nuevo, ahuyentando a golpe de caricias tanto pensamiento inútil.

Aquella parada se me hizo larga, cuarenta semanas nada más y nada menos, pero la recompensa no fue solamente mi pequeño. Volví a subir al tren radiante y convencida de que no hay mayor milagro que esta vida, y no solo por el mar, o el cielo o la nieve, sino por las personas, las que nos recogen, nos amparan, y nos enseñan, muchas veces sin saber cuánto.

ERA JULIO

Nos casamos hace cuatro años. Fue una boda preciosa. Quizás demasiado convencional, yo siempre quise salirme un poco de lo típico, hubiese querido casarme en alguna isla perdida, descalza, sin ataduras, sin más compromiso que el que me iba a unir el hombre de mi vida, pero me faltó valor. Al final pudieron más otras consideraciones y lo hice como todos los demás querían. No creas que me arrepiento, nunca se me dio bien salirme de lo que está estipulado y tomar caminos alternativos.

El primer año de casados fue maravilloso, jóvenes, felices, con todo por estrenar. No habíamos vivido juntos, con lo cual ya imaginas lo excitados que estábamos ante la idea de levantarnos cada mañana el uno al lado del otro. Lo compartíamos todo. Recuerdo aquello con cierta nostalgia. No necesitábamos más que estar juntos. Nos bastaba con hacer planes, viajar, entrar y salir sin dar explicaciones a nadie, y el tiempo fue pasando casi sin darnos cuenta. Disfrutábamos de una vida casi desordenada, pero solamente nuestra.

Conforme fue pasando el tiempo, y las rutinas se volvieron precisamente eso, empezamos a plantearnos ser padres. Tener un hijo. A nuestro alrededor varios de nuestros amigos ya habían empezado a tener familia, y lo cierto es que era el tema de conversación de todas las cenas. Yo tenía ya 34 años, y aunque nunca había sido muy niñera, accedí. Al fin y al cabo era lo que todos esperaban de mi, y el estaba muy ilusionado con la idea de un pequeño con el que compartir cosas. Me pregunto si el resto de gente se plantea las cosas así, pero lo cierto es que te mentiría si te digo que lo teníamos clarísimo, o que era una decisión tomada desde lo más profundo de nuestro ser. No, en aquel momento era poco más que un capricho, un paso más dentro de lo que se suponía debía de ser nuestra vida juntos.

        Fueron pasando los meses, uno tras otro, y aunque no sabría detallarte, fueron muchas las pruebas de embarazo que me hice. Todas daban el mismo resultado. El tema del bebe comenzó a convertirse en una obsesión. Lo que al principio había sido una rendición, se iba convirtiendo en un deseo. Pensé que algún dios me castigaba por no haber deseado a mi hijo con la intensidad suficiente, pensaba que debía poner más empeño. Pero no, no me quedaba embarazada. Cada vez que me bajaba la regla me invadía una tristeza helada, y me venía abajo por completo. No quería salir, no quería ver a nadie. Mi pobre marido trataba de animarme, pero era inútil. El resto del mes nadaba entre aguas turbulentas, aguas turbias de esperanza y desesperanza, nervios, y una terrible ansiedad que terminaba irremediablemente frente a un predictor negativo. No, no, no. Siempre el mismo resultado.

Estuvimos así más de un año. Cansados y bastante desmoralizados decidimos consultar con un médico. Nos recomendaron uno en el centro, y nos entrevistamos con él un lunes de marzo. Era un día gris, y atravesábamos una ola de frío polar. Parecía que el tiempo acompañaba mi estado de ánimo. Estaba helada. Por fuera y por dentro. Tal era mi frustración.

Aquel día comenzó el siguiente calvario. Por un lado el económico. Yo era Secretaria en una pequeña empresa familiar, y mi sueldo era modesto. Mi marido sufría las congelaciones salariales de los funcionarios y no ganaba mucho más que yo. Estábamos preocupados por el dinero, pero era tanta la desesperanza que decidimos someternos a todas las pruebas del mundo.  Fueron meses de análisis, inyecciones, y frustraciones. Mi cuerpo se convirtió en probeta. Que si este adelanto, que si aquel otro que en Centro Europa estaba siendo un éxito absoluto. Nada funcionaba, nada iba bien, yo seguía seca, y empecé a sentirme completamente inútil. Vacía. ¿Para qué sirve una mujer que no es capaz de engendrar un hijo? En aquellos momentos nadie, ni yo misma, se planteaban que fuera mi marido el que tenía algún problema. Nadie le miraba a él con lástima, con pena. Todo el mundo me decía que estuviera tranquila, que todo saldría bien, pero yo me llevaba la peor parte. Mi marido lo sufrió también, no me entiendas mal, pero era yo la que un mes detrás de otro me sometía a alguna prueba desagradable, y la que un mes detrás de otro suspendía; suspenso “lo lamento, no han prosperado”, “lo lamento, lo podemos intentar de nuevo si así lo desean”. En aquellas estaba, cuando cumplí 36 años, y al problema que teníamos, cualquiera que fuera, se unía el terrible reloj biológico. Mi edad disparaba las probabilidades de todo tipo de cosas terribles que nublaban más si cabe mi demacrado horizonte vital.

Para entonces ya tenía claro que quería ser madre. La llamada a esas alturas ya era nítida. Yo era la madre del niño. Tomé conciencia de esto. Dejé de escuchar a los que tenía alrededor y decidí escucharme. Comencé a prescindir de los intermediarios, comencé a tomarme un tiempo para reflexionar tranquila. Cancelamos los tratamientos. A mi marido le costó media vida. No entendía que no quisiera seguir. No quería presionarme pero me censuraba con largos silencios. El reloj biológico de algún modo también le susurraba cosas a él.

Un día vi un anuncio en prensa. bienestar social había organizado para esa misma semana unos coloquios informativos sobre adopción Internacional. Mi mente se abrió como un abanico, el aire fresco entró a raudales en mi alma, se me pusieron los pelos de punta, de verdad te lo digo. Un mundo de posibilidades, de luz, de esperanza se abrió ante mí como un lienzo. Supe desde ese mismo instante que estaba malgastando mi energía en un camino equivocado. Un camino que no era para mí, para nosotros. Vi con claridad que nuestro hijo estaba en otro lugar, en otro sitio, pero estaba ahí, esperándome. Sentí la maternidad en ese momento más viva que nunca. Leí despacio la noticia, me preparé una infusión y dedique el resto de aquella mañana a informarme, a leer, a pensar. Esperé a mi marido sentada en la mesa de la cocina. Estaba tan emocionada, que la idea de compartir aquello con él me tenía nerviosa hasta el extremo. Cuando entró y me vio tan erguida, tan contenida con el periódico sobre la mesa se que en un primer momento se preocupó. Hacía meses que me encontraba tumbada y de mal humor. Aquel día estaba tensa, pero era una tensión nerviosa, expectante. Le pedí que se sentara, y le cogí las manos, fuerte, caliente, como antes, y fui desgranándole uno a uno los argumentos, los pensamientos, los desgarros que había sentido en los últimos dos años. Le hablé del periódico, de las charlas coloquios, y le hablé de nuestro hijo en presente. Por primera vez le hablé de nuestro hijo en presente. No sabes lo triste que es hablar de un hijo en condicional, hablar de un hijo en presente es abrir las compuertas, dejar que el amor vaya labrando, vaya preparando ya su llegada. El me miraba fijo, me dejó terminar de hablar, no me interrumpió, se lo agradeceré siempre, de cuando en cuando juntaba sus manos sobre las mías y me las besaba, me las calentaba con su aliento fuerte y seguro. Creo que su intención era que aquel aliento llegara más adentro, más al fondo. Y llegó. Cuando terminé mi discurso, excitada y nerviosa, me abrazó. Ni siquiera me dijo demasiado, o yo no lo recuerdo, solo recuerdo que sí, que ya estaba, comenzaba una nueva aventura para nosotros, para los tres. Los tres. Llore mucho aquella noche. Nuestro test había dado positivo. Cuarenta semanas no eran tanto, después de todo.

Acudimos a la reunión. Decididos. Lo que oímos nos animó aun más. Era posible. Nos hablaron del test de idoneidad. Nos preocupaba en cierto modo nuestra edad, pero estábamos dentro de los límites legales y nos considerábamos muy capaces. El certificado llego pocos meses después. Éramos aptos. Tuvimos muchas conversaciones con la trabajadora social, muchas. Juntos fuimos tejiendo el nido, el bueno, fuimos tratando de mejorar lo bueno, y de detectar todo aquello que no fuera a ayudar a nuestro hijo. La espera era difícil, pero era una espera en positivo. Yo cambié absolutamente de actitud. Mi hijo quizás iba a tardar en llegar a casa, pero ya existía, estaba en algún lugar del mundo esperándome. Me inquietaba muchas veces pensando en cómo estaba, si tendría hambre, o frio, o ambas cosas, me volvía loca pensando en que quería abrazarlo, pero no era la desesperanza de antes. En absoluto, era una espera feliz, feliz, mucho.

Una mañana de abril, nos llamaron, era la trabajadora social, había un niño para nosotros. Era un pequeño, un niño, Lloré mucho mientras íbamos al centro a que nos dieran más datos. Me mostraron la foto de mi pequeño. Aquel era nuestro bebe. Tenía alrededor de año y medio. El pelo claro clarísimo, como su piel. Y unos enormes ojos dorados. Era dorado mi bebe. Estaba en un estado de nervios y emoción permanente. Había que acudir al orfanato en seguida. El niño vivía en un pequeño pueblo de la estepa rusa y las revueltas del país estaban poniendo en peligro su integridad y la del resto de criaturas. Agilizamos los papeles, pusimos en orden nuestras cosas y nos fuimos. Dejamos atrás las decepciones y subimos a un avión, triunfantes. Era julio cuando llegamos a Rusia.

Llegamos al orfanato, muy nerviosos. El país y en concreto la región donde vivía el niño estaba en una situación política muy tensa. Nos recibió una mujer joven. Agradable. Nos dijo en un inglés malísimo que teníamos que esperar. Al cabo de un rato apareció el director, supimos que era él, porque tomó asiento en la gran silla que había en el despacho. No hablaba inglés, y nuestro ruso era básico. Habíamos puesto empeño en los últimos meses por ponernos un poco al día. Era una manera de acercarnos al niño. Firmamos varias cosas, consentimientos, enfermedades, todo lo que nos dieron. Entonces nos invitó a salir de allí, y nos hizo un gesto para que le siguiéramos. Se instalo un tenso silencio entre él y nosotros. Poco había ya que decir. Nos hizo esperar detrás de una puerta enorme. Del interior salían llantos de niños, y  se veían sombras moverse de un lado a otro. Entonces se abrió la puerta y ante nuestra vista una gran sala llena de cunas. Eran cunas enormes, de grandes barrotes. Dentro de cada una de las cunas había un niño. En algunas dos criaturas compartían  vida. Los pequeños estaban atendidos por jóvenes enfermeras. Algunos lloraban, evidentemente no había manos suficientes para atender a tantos. Los bebes nos miraban cuando pasábamos al lado, estaban bien cuidados, mal vestidos, pero limpios. Eso suavizó un poco mi estado de ánimo. Nos detuvimos frente a una cunita. El niño dormía. Estaba encogido, boca abajo, y se chupaba el dedo. La enfermera le revolvió cariñosa los rizos suaves que le caían sobre la nuca, y entonces se incorporó divertido. Se sentó, y nos miró. Era el. Mi marido me apretaba la mano fuerte. Estaba sudando. Era su hijo. En aquel instante algo me invitó a dar un paso al frente, me incliné levemente sobre la cuna, alargué la mano y acaricié suavemente su cabecita. Un empujón más, y ya estaría afuera. Aquello también necesitaba epidural. Mi hijo me miraba con aquella sonrisa dorada y lo que empezó siendo un puchero, se fue tornando en una sonrisa, tímida, pero tranquila. Alzó sus bracitos hacia mí, y rió.


Escuché una voz que me decía bajito “Señora, ya está aquí, es un niño, y está bien”.

PERO A TU LADO

Se conocieron hace tiempo ya, y se quisieron tanto, tanto, que llenaron su vida de paseos verdes y rojos, y de billetes de avión, y de proyectos muy muy suaves. Ansiaban beberse a grandes tragos, y a pesar de atragantarse y de la tos de algunas tardes, siguieron queriéndose a morir. Porque sí, porque formaban un equipo bonito, y tanto cariñito les fue devuelto con tres chiquitines que llenaban sus vidas. 

Si, se conocieron hace ya mucho, y aunque parece que cuando dos se quieren tanto hay palabras que se desprecian por obvias, no hay que olvidar recordarle a tu media vida, bajito, al oído, por que corriste a quererle, y por que, a pesar del sueño pesado de muchos días, y de las indecisiones de muchas noches, sigues queriendo correr, aunque mucha veces te tropieces.

Quédate siempre cerca y me atreveré, y te animare a atreverte, siempre. Porque me gusta cuando llego a casa y tu olor todo lo llena y cuando sacas fuerzas de flaqueza y planeas grandes cosas con un niño en cada brazo, porque eres generoso y siempre hay un hueco en tu lado de la cama para el que tiene miedo, o frío o simplemente ganas de un rincón caliente donde crecer seguro; porque comenzamos a bailar en aquel primer café, y no hemos dejado de hacerlo hasta hoy, y porque no se me ocurre mejor manera de vivir mi vida, que contigo a mi ladito, con tu cámara de fotos siempre lista y tus ojos verdes iluminandolo todo,  ya sabes "hoy he soñado en otra vida, en otro mundo, pero a tu lado..."

ERA OTOÑO

Tu te empeñaste. Te prometí que vendría y aquí estoy, indeciso ante la puerta y deseando terminar para volver a casa a echarte de menos. Llevo meses sin salir, mi rutina se reduce a sobreponerme al dolor que siento cuando abro los ojos y no estas. Todo lo demás, gira alrededor de eso, ni más ni menos. Me has dejado sólo y cuando miro alrededor solo veo un gran agujero negro que amenaza con tragarme. Así es que, antes de que eso suceda, y no quede de mi más que la pena disfrazada de hombre, he venido cumplir la promesa que te hice.

Siempre adore tu entusiasmo, desde aquellas primeras tardes te quise por eso, obstinada hasta el final, apasionada con cada punto y coma que escribías. Una noche me preguntaste si creía. Si pensaba que había algo después de la muerte, algún lugar donde nos fuéramos a encontrar. Me hiciste reír, francamente pensé que bromeabas. Pero no, lo decias en serio. Desde aquel día trataste de convencerme muchas veces, utilizabas todos los argumentos imaginables para compartir conmigo aquello que tanta esperanza te regalaba.

Entonces caíste enferma y todo empezó a pesarme mucho.

No volvimos a hablar del tema, hasta aquella noche. A la luz de una luna blanca y triste, y a pesar de tu dificultad para respirar, me hiciste un gesto para que me acercara, y despacio, calculando el aliento que ponías en cada palabra, me hablaste de los olores, de las luces y de las sombras, y de la esperanza que te mantenía el espíritu vivo. Te escuche atónito, no daba crédito, te morías y seguías con aquello. Me miraste a los ojos y me hiciste prometerte que vendría a este sitio. Aquí cambiaste tu de idea, me explicabas, aquí encontraste tu el candil que ilumino luego tu camino, decías...

Te lo prometí a media voz, pensando quizás que pondría arrepentirme más tarde. Pero no. Más tarde no pude hacer más que hundirme en la pena de decirte adiós. 


Era otoño. Amaneció una niebla fría que coqueteaba con las hojas enredadas en mis pasos indecisos.

Cuando la puerta se cerró a mi espalda, una música suave lo ocupaba todo...Parpadee varias veces para acostumbrarme a la oscuridad, y te busque, tratando de recordar los detalles que tantas veces me habías desgranado. Mire hacia el altar, y sonreí al ver aquel velón encendido. Aspire el aire con fuerza, con la intensidad con la que tu lo hacías todo, y reconocí el olor a incienso que tantas cosas bonitas te inspiraba, entonces me senté, no había nadie más allí y sin embargo aquella música seguía llenando mis rincones vacíos. Cerré los ojos y me deje arropar por la melodía...

Encogido en aquel banco, me senti en paz por primera vez en mucho tiempo, algo familiar había en aquel lugar que erizaba mi espíritu cansado. Levante la vista, las imágenes de las vidrieras me miraban y el viento soplaba fuerte; los cantos habían cesado y me pareció escuchar pasos en algún lugar cerca del altar, trataba de ver más allá, pero mis ojos se perdían entre las sombras. De pronto una puerta se abrió y un aire cálido recorrió mi espalda. Sobrecogido me levante, ¡eras tu!! La música, las velas, tantísima paz, eras tu...entre lagrimas escuche de nuevo tu voz apasionada susurrándome al oído...y volví a caer rendido a tus pies conquistado por esa esperanza imbatible.


No se cuanto tiempo mas estuve allí sentado, pero cuando salí de nuevo a la calle,  sonreías

SOLA

El azar nos empujó hasta allí.

Había muchísima gente, y entramos todos con prisa sin mirarnos apenas. Las puertas se cerraron, y antes ya de que lo hicieran, tu olor se había colado en mis huesos y tu mirada me había desarmado llegándome al alma.

Me preguntaste mi nombre, y me ofreciste tus manos cálidas. Te quedaste tan quieto mirándome, que sentí tu pulso rastreando el mío. Entonces sonó la campana. Era mi parada.

Solté tus manos y un frío urgente y penoso me agarró la nuca dibujando la sorpresa y el disgusto en tus ojos grandes; me acercaste a ti impaciente, te inclinaste levemente, me colocaste el pelo detrás del oído y susurraste “no te vayas” y  tu aliento acogedor me imploró silencioso.

Baje los dos escalones de una vez. El tranvía arrancó y poco a poco fui perdiéndolo de vista. Me quedé allí, sola y helada. Quizás esperando recuperar el pulso que tu súplica había detenido, me encogí sentada en aquella acera; Era tarde, no había nadie más. Cerré los ojos vencida por el peso de mis párpados cansados. Entonces escuché pasos apresurados que se acercaban. Con la cabeza entre las manos, y los ojos aun cerrados, recé aspirando el aire con la  intención de beberte y de aplacar así mi corazón. No me atrevía a levantar la cabeza por miedo a que fueras tú, o a que no lo fueras.

Te sentaste a mi lado, sentí tu respiración agitada. Me dejé abrazar y respondí que sí. A dejarme querer y a no escapar nunca mas.


Cuando desperté, la lluvia caía suave. Miré alrededor apartando las gotas de mi cara. Estaba sola.

¡VUELVE!

Llevo dos semanas acechándote, y estoy exhausta. Te he perseguido día y noche, te he buscado hasta en sueños, pero no te has dejado acariciar. Te aliaste con mi prole, con mi casa y con el desorden loco del día a día, tragándote todos mis momentos de calma.
Yo quería. Lo juro…pero volví a quedarme sin tiempo,-se me escapó- llevándose mi relato escondido…

ESTA NOCHE



Esta noche soplas tan fuerte, que agitas todas mis ventanas sin importarte que entre ese frío glacial, y que la humedad nos deje helados.
Esta noche pongo todo mi empeño en descifrar lo que me gritas, pero no te entiendo, no sé qué idioma hablas, y trato de explicarte que te quiero con locura, pero que no entiendo lo que dices. Pero tú no me oyes y sigues aullando feroz.
Esta noche soy un náufrago calado hasta los huesos  y  me aferro a tus caderas, pero me dejas hundirme sin remedio; y agito pies y manos para mantenernos a flote, pero me miras con desdén y un cansancio enorme se me va colando entre los dedos...siento como me pesas mientras  te bebes todas mis reservas.
Esta noche voy quedándome sin aire mientras me pregunto si quererte con locura es suficiente.
Entonces, como el que muere, adivino mi vida sin ti, huelo tu ausencia y caigo al vacío con un golpe seco. Y recuerdo de pronto todas las promesas que hicimos el uno frente al otro, y hago un esfuerzo por levantarme y cerrar las ventanas abiertas. El ruido cesa y ya no gritas. Solo me miras con los ojos llorosos. Me acerco a ti y aspiro tu aroma, y tu aliento. Y en ese olor reconozco nuestra vida en común, nuestros proyectos, nuestra música, nuestra piel  y nuestros hijos del alma.
Ahora te lo cuento bajito, y me haces feliz cuando me respondes en un susurro “también yo te quiero con locura”.

EL ATICO


Se había agotado ya el tiempo de planear. Llevaba meses haciendo pequeñas cosas en la cocina de su casa, coqueteando con la idea de poder ver su ingenio decorando otros rincones que no fueran los suyos, y trabajando para aprender técnicas nuevas con olor a pegamento. Disfrutaba trasteando con telas y papeles pintados; había tomado la decisión de dar un paso más. Buscaría su propio rincón de trabajo, un taller en condiciones donde crecer y poder mostrarse al resto. Aquella decisión le había costado muchos desvelos. Sus miedos le asediaban una y otra vez, descuajándolo todo. Le hacía falta un impulso.
La mañana que vio el anuncio en el periódico tuvo una corazonada. Dejo el café que estaba bebiendo, y sonrió levemente. Alquilaban un ático en pleno Raval.

Llegó un poco antes de la hora y se encontró con un edificio antiguo. Los grandes ventanales de su fachada dejaban adivinar sus techos altos, y parecía poder oír el crujir de la madera de aquellos desgastados suelos. La zona estaba llena de pequeños comercios, y se respiraba el ajetreo propio de cualquier barrio. Se sintió bien a pesar de los nervios. Alguien salió del portal, y aprovechó para colarse dentro. La luz del sol entraba allí inundándolo todo, y llenándolo de un dulce calor. Quiso subir caminando, las escaleras también eran antiguas y  pasamano estaba completamente desgastado. Se preguntó cuántas manos, cuántas vidas se habrían apoyado allí para dar el siguiente paso, como ella. Cuando llegó al último piso llamó al timbre, había quedado con el de la inmobiliaria. Espero unos instantes, pero no acudió nadie, entonces, al apoyarse en la puerta, esta se abrió y el ático se presentó ante sus ojos.
El polvo formaba espirales suspendido en el aire, y se dejaba acariciar por los rayos de sol que entraban a chorro en la estancia. Apenas medía 50 metros cuadrados, pero tenía una gran mesa para trabajar, y unas ventanas enormes desde las que se podía ver el cielo de la ciudad salpicado de tejados y de antenas. Siempre había sido aficionada a aquel tipo de vistas. Le gustaba la ciudad, el bullicio, y la idea de esconderse cada mañana allí arriba, le atrajo desde el primer momento. De pronto, en una esquina, entre un montón de cajas apiladas, se fijó en  algo que le llamó la atención con la misma intensidad que el anuncio del periódico. Se acercó despacio, y alargó la mano con cuidado. Al tacto parecía un lienzo. Lo saco de entre las cajas y lo examinó con detenimiento; Se trataba de una abstracción llena de color, los rojos, los verdes y los malvas se mezclaban dando vida a colores sin nombre. Cerró los ojos un instante aspirando el fuerte olor a pintura, absorta en sus pensamientos, y cuando los abrió, pudo verla.
Delante de la mesa había una mujer. Parecía de su misma edad, vestía vaqueros y llevaba el pelo recogido en un moño. Canturreaba mientras buscaba algo entre un sinfín de botes de colores. La mesa estaba llena de pinceles, paletas, y disolventes y en medio del desorden, un lienzo a medio pintar. El mismo que Ángela acababa de descubrir en aquel rincón.
La mujer trabajaba con firmeza mientras seguía tarareando aquella canción;  cuando se volvió buscando algo, sus miradas se encontraron y se sonrieron, ajenas de algún modo a lo extraño de aquel encuentro. Entonces la mujer, sin dejar de mirar a Ángela, cogió un trozo de papel que había en una esquina. Sólo un instante después  oyeron pasos en la entrada y las dos se giraron con rapidez, era el de la inmobiliaria. Ángela sobresaltada, se volvió de nuevo hacia la mesa, pero la mujer ya no estaba. Sintió el peso del lienzo en sus manos frías.
-Disculpe el retraso, estaba con otros clientes, ¿Cómo ha entrado? – preguntó el hombre.
-La puerta estaba abierta – respondió insegura encogiéndose de hombros.
-Qué extraño, juraría que la deje cerrada. Es igual, ¿ha visto el ático?
Ángela sentía aun el latido apresurado de su corazón y notó su voz temblorosa.
-Sí, lo he visto. Me ha gustado, pero quisiera saber algo, ¿quién vivió aquí antes?
-La propietaria era una chica joven. Falleció hace poco. Era pintora – respondió el hombre sin mucho entusiasmo.
Ángela dudaba, aquel encuentro la había dejado sobrecogida. La idea de trabajar allí le aterraba pero le atraía con fuerza. Sentía el impulso de salir corriendo y volver a su casa, a su cocina. El hombre interrumpió sus pensamientos.
-Oiga, se le ha debido caer esto.
Entre sus dedos, un papel doblado. Ángela lo desplegó y escrito con trazos firmes, en colores sin nombre, leyó para sus adentros.
“Confía”
Entonces se oyó decir:
_Prepare  el contrato, me quedo con el ático.



ESPERO QUE NO SEA TARDE

Lo sé.
Sé que pasaron muchos meses sin compartir un café entre letras, y que durante todo este tiempo, un día detrás de otro, me has susurrado a gritos que volviera;  dejé que la zozobra me estafara y me despojara de mi propia razón, dejándome sin argumentos. He vivido suspendida de un hilo finísimo y veleidoso, pero ni un momento en mi agonía he olvidado el placer de soñar contigo en las tardes de frío, de encoger las piernas y dejarme mecer por tus ocurrencias y por tus señuelos, siempre tan reparadores…
Espero que no sea tarde. Ahora soy yo la que suplica. La razón de mis desvelos duerme a mi lado, y me sonreirá cuando despierte ajeno a la conmoción de su madre. El miedo se escurrió cuando escuché su llanto de vida, y en ese preciso instante, cuando hubiera querido acurrucarme para invocarte y compartir contigo aquel momento maravilloso, me di cuenta de que ya no estabas.
Sugiéreme historias nuevas, emborráchate conmigo de cuentos y de hojas en blanco, y préstame tus gafas. Quiero descubrir de nuevo las quimeras que habitan este mundo desaborido.

Vuelve conmigo, anda, y enséñame a vivir de nuevo, escribiendo.



MI PADRE

Cuando nuestras largas tardes de juegos llegaban a su fin, y la cena estaba ya en el fuego, entonces escuchábamos como se cerraba la puerta del ascensor, y el tintineo de las llaves en sus manos, y corríamos a su encuentro alborotados. Aquel abrazo con corbata nos levantaba un palmo del suelo cada noche, dejándonos en el alma ese sabor tan dulce a momentos compartidos, a seguridad y a familia.

Aspiro fuerte ahora con los ojos cerrados, y sin el menor esfuerzo me recuesto en su hombro otra vez. Huele a limpio. Me sostiene fuerte, y de cuando en cuando me acaricia el pelo. A ratos camina, y otros ratos me sostiene mientras habla con sus amigos, y ríe. Siento como se mueve mientras su risa me llena el corazón y la infancia de ese entusiasmo tan suyo…

Y pestañeo y -ahora unos años después- le veo reírse y jalearnos mientras el velero se escora sin remedio. Sus ojos hacen juego con el mar, y tiene una alegría tan contagiosa que no te queda más remedio que seguirle e izar velas, y luego zambullirte en alta mar dejando los miedos a un lado. Porque nadie como él era capaz de convertir una tarde cualquiera en una fiesta de pan y mantequilla, o  de un Neskuik con dos galletas; nadie como el alejaba las nubes de nuestro cielo con su espada de príncipe fuerte, porque “la tristeza está aquí” decía mientras señalaba nuestras cabecitas.  

Mi padre me ha enseñado que en familia es como mejor se está, y no importa los años que pasen, porque cada vez que escuche un silbido parecido al suyo, me volveré, y esperaré verlo a la vuelta de la esquina, caminando sonriente y guapo, a nuestro encuentro.



Alguien llama a la puerta, es mi hija Inés; se acerca a mi mesa, y me pregunta bajito.

_¿Qué haces mama?
_Escribo algo para el abuelo.
_Echo de menos a “mi agüelo” mama.

La cojo en brazos, y le miro a los ojos, los suyos también hacen juego con el mar…

_Yo también le echo de menos.




SE ME PERDIO LA MUSA

Alarmada, revuelvo todos mis escondrijos y solo encuentro polvo entre tanta cosa que pensaba que guardaba. No aparece.
Sentada,  sujeto mis rodillas con las manos mientras me balanceo con la cabeza hundida entre los brazos. Debería estar aquí, no sé cómo he podido perderla, precisamente hoy que la necesito más que nunca, y me esfuerzo por pensar en algo que pueda animarla a regresar a mi costado y a mi pluma perezosa.
Hacía ya un tiempo que estaba cansada de mis escenarios y de mis historias y hace sólo un par de días que amenazó con dejarme, si no le devolvía al menos un poco de lo que me daba ella cada semana. Me pregunto si habrá vuelto al sitio donde la encontré, donde nos empezamos a querer con locura; si habrá preferido parar un tiempo, coger aire, y tomar prestadas algunas ideas. Siempre estuvo enamorada del olor del papel, de los títulos originales, y de ciertos autores Chilenos.
Sonrío, esperanzada, y cuando abro el libro que tenía abandonado en mi  mesilla de noche,  la encuentro dormida, acunada por otros textos, y relajada por fin;  en sus manos, una nota.
_Querida,  necesito  volver  a  las  noches de leer hasta las tantas, y de brindar con letras diversas. Ansío trasnochar  mientras me emborracho del olor de los libros. Quiero volver a escuchar el leve sonido de las hojas al pasar y a emocionarme con otras historias. Espero que me entiendas. Fdo: tu inspiración.
Mientras sostengo el libro, aspiro el aroma de las hojas nuevas, y te respondo bajito.
_Te entiendo...y ¿sabes qué?, es exactamente lo mismo que necesito yo.


YA ESTÁ AQUI...

...esa culebra que se desliza desde el centro mismo de mis tripas hasta mi garganta, bebiéndose mi aliento. A oscuras, trato en vano de sacarme del estomago el nudo que ya me empieza a trastornar.

Esta noche ruge un viento afilado, y todos sus lamentos juegan a esconderse en el balcón; Hemos cenado ya, tu madre se ha ido a dormir, y nosotros nos hemos separado para poder atender a las niñas. Tu dormirás al otro lado del pasillo, con una, y yo me quedaré en tu habitación de soltero, con la pequeña.

Hace apenas media hora que he apagado la luz, y justo en el instante en el que parece que el viento ha cesado un poco, ese golpeteo me precipita de nuevo hacia el desasosiego.

Pum, pum, pum…

Me incorporo levemente, y busco entre las sombras el interruptor de la lamparita de noche, clic…

Pum, pum, pum…

Ahí está otra vez, es un golpeteo rítmico, juraría que se trata de una de esas pelotitas pequeñas que botan mucho. Viene del piso de arriba.

Cierro los ojos, tengo las manos heladas, encima no vive nadie y mi corazón palpita descontrolado mientras mi hija se revuelve en su cuna.

Me resisto a apagar la luz de nuevo. Cuento mis inhalaciones para centrar la mente en algo que me distraiga, pero es imposible…entonces me invade un frío que me paraliza y que me obliga a abrir los ojos de nuevo, sobresaltada.

Hay alguien aquí conmigo…el terror me desborda entera, y me debato entre escapar e irme contigo, o quedarme cuidando de mi hija…pero ella duerme plácidamente, y el frío se me hace insoportable. Con paso vacilante me dirijo a tu habitación, Inés y tu dormís y casi no hay espacio en vuestra cama, así es que hecha un ovillo me acurruco en un rincón. Desde aquí veo la puerta, no pestañeo, he dejado sola a Miren y paladeo la culpa mezclada con el miedo… mantengo la vista fija en el umbral…sé que está ahí afuera, ahora tengo la certeza de que ha estado toda la noche. De pronto siento como se enciende la luz del cuarto y escucho ronronear a la niña…un instante después vuelve a apagarse de nuevo…ha encendido la luz para verle la carita, y me descubro rezando. Y le pido que cuide de Miren como te cuidó a ti cuando vivía…

Me quedo dormida con la culebra aun bisbiseando en mi oído.

Por la mañana te levantas, y mientras desayunamos me cuentas que te has encontrado a Miren dada la vuelta en su carrito. Mi bebe me sonríe, y levanta la manita feliz mostrándome alborotada algo que agarra fuerte con sus manos. Es una pelota pequeña…

Te miro a los ojos, mientras sentencio:

 
_Prepárate que nos vamos al cementerio a ver a tu abuela.


CHOCOLATE Y MIGAS



Todas las semanas salía disparado de casa para ir a verla. Se dejaba ver por parques y jardines, saltando aceras, y pedaleando valiente y resuelto. Se acompañaba siempre de la libertad descarada que solo nos regala la infancia, y del valor insensato propio de aquellos años fascinantes, en los que cualquier cosa se curaba entre sus brazos.

Conocía el camino de memoria, y se impulsaba con fuerza, sorteando obstáculos con destreza; cuando llegaba a la Calle Santiago, inevitablemente ya, el olor a chocolate llenaba sus pulmones y disparaba sus sentidos, anticipándole al tramo final; aquella cuesta le esperaba siempre altiva, y le animaba a ponerse de pie sobre la bici. Entonces dejaba caer su peso a un lado y al otro acelerando su corazón; Cuando llegaba al parking, dejaba su bicicleta bien asegurada, y corría feliz escaleras arriba.

Trepaba los escalones de dos en dos, ansioso, hasta que escuchaba su voz al teléfono; Y la oía hablar francés, y reinar en aquella recepción como lo hacía en su casa, y sonreía orgulloso.

Su madre le recibía eufórica. La misma ilusión cada vez que veía colarse a su pequeño por la puerta, como si hubiera olvidado la visita anterior, como si fuera la última y hubiera que acariciarle para toda una vida. Le tomaba la cara, y le atusaba el pelo rubio con devoción. Su príncipe le regalaba aquellos ratos, dejándole posos de azúcar en el alma. El hijo disfrutaba de los entresijos de aquel lugar, donde encontraba la sonrisa azul de su madre, y los chocolates, y se dejaba querer, encantado.

Han pasado más de 20 años desde aquello, y aquel niño custodia muchos recuerdos en su corazón grande. Y le animo a que me cuente alguno, y me habla de los churros con mucho azúcar, de los viajes en el súper 5, del coraje de su madre, y de los bombones de licor; Sonríe recordando el alcohol para el dolor de piernas, la ineludible leche con miel, y los domingos alegres de paella y pollo asado.

Y el niño, que ya es un hombre, vuelve al pasado y revive satisfecho su feliz infancia, cuando les habla a sus hijas de la abuela y de la madre, mano a mano, criando a todos, con platos colmados de migas, y de caldo casero.

Hoy he puesto sobre el papel la historia de mi marido. Las cosas que le he escuchado contar de su infancia, tal y como el me las ha transmitido. Forma parte de un proyecto que tenemos, y que un día de estos os contaré...

INES

Algunas tardes me vence el frío. Un frío que viene de adentro y que me asalta obligándome a encogerme.

Algunas tardes, dejo de verme, se va la luz en un momento, y a duras penas me oriento.

Algunas tardes olvido lo que tengo, y la sombra me deja ver solo lo que no tengo y deseo.

Menos mal que una tarde cualquiera, cuando no encuentro consuelo, se acerca a mí, y me ofrece su calor. Y le dejo que se acerque mucho, y parece que el tiempo se para y puedo llevarla un ratito en mi vientre de nuevo.

_ ¿Puedo dormir contigo? Le pregunto bajito.

Sus ojos verdes me miran divertidos, y me responde, feliz:

_ Vale mama, esta noche me pego a ti.