MIREN



Recuerdo a menudo aquellos meses.

Al mismo tiempo que crecía mi vientre, mis pulmones parecían achicarse. Aquel embarazo vino acompañado de un asma que desde entonces me persigue; cada tarde me sentaba erguida en la butaca concentrada en respirar hondo, para –irremediablemente- terminar en urgencias una y otra vez. Siempre el mismo escenario, en una mano el inhalador, y en la otra mi tripa, cada día más grande.

Por la noche abría las ventanas de par en par y me dejaba envolver por el frio helador de febrero. Deseaba con fuerza que mi bebe estuviera bien, y rezaba mirando al cielo. Durante horas la luna fue testigo de mis plegarias y de los esfuerzos desesperados por hacer llegar el aire a mis entrañas. Un día, los informativos anunciaron un fenómeno único: el astro se iba a dejar ver un poco más que de costumbre, nuestra luna querida superaba timideces y se acercaba a nosotros.

Aquella madrugada del uno de marzo esperé paciente a que asomara detrás de las nubes; envuelta en mi propio vaho de pronto la vi, enorme, redonda, blanquísima, y tan cercana que alargué la mano inconscientemente para tratar de alcanzarla. Llevaba tantos meses rezando y esperando, que sentía que mi bebe era un poco suyo también. Cerré los ojos y volví a aspirar aire con urgencia. Estaba tan cansada que pensé que iba a caerme allí mismo cuando sentí el dolor inconfundible subirme por la espalda, Me apoyé en una silla, y volví mi mirada al cielo con una media sonrisa, sabía bien lo que venía después de aquello. Era consciente de que un pedazo de eternidad iba a salir de dentro de mí y que la luna me custodiaba con cierta envidia. Fue en aquel instante cuando sellamos el trato: si arrojaba sobre nosotras su luz y me ayudaba a recorrer el final del camino, juntas recibiríamos a nuestra niña, igual que juntas la habíamos esperado.

Dos horas después apuraba las fuerzas que me quedaban, y ante la atenta mirada del hombre de mi vida, lloré de emoción y de alivio cuando me la dieron. Con cuidado aparte la toalla que la cubría, Miren tenía la tez más blanca y más bonita que había visto nunca.

Han pasado tres años ya, y por encima del sonido del teclado, escucho unos pasos acercarse. Viene corriendo, excitada. Cuando llega donde mí se pone de puntillas y señala a la ventana entusiasmada.

_Cariño ¿qué has visto?

Emocionada, me responde:

_”¡Mama, mi luna…!”



Este relato es real, es un regalo para ti, mi Condorita, mi pequeño genio…porque me haces feliz cada día cuando ríes, cuando te cuelas en mi cama, y cuando inventas palabras para hacer de tu capa un sayo. Ni un millón de relatos compensarán nunca todo lo que tú, en tan solo tres años, me has dado a mí.

4 comentarios:

mistrucosparaeducar dijo...

Qué bonito Marta!
Me ha encantado.

Nerea dijo...

Es un relato muy bonito, pero casi lo más precioso es la dedicatoria, que me maravilla. Todavía recuerdo a Miren en el aula de lactantes de la escuela como si fuera ayer.

Amalia dijo...

Me ha encantado, precioso, emocionada. Tan bonita tu niña!
Y la foto no podia ser mejor. Chulisima.

Maite Fernández dijo...

Que regalo tan precioso le has dado a tu hija! ��