CRÓNICA DE UN VIAJE (CAPITULO II)


-MUCHACHOS-
 
Primeros días...
Caminan lento, como esperando algo. Son hermosos, niños, jóvenes que han nacido ya condenados, y no hay más que decirles.
He sufrido ya todos los males y no se bien que es lo que me enferma, si el agua sin embotellar, o las historias que me cuentan los chicos. En mi casa, conmigo, a mi lado, compartiendo el arroz, viven 8 de ellos. Todos son mayores de 15 años y menores de 18...hace un calor tremendo, siempre hace calor, echo en falta las estaciones, y el fresquito por las noches, y sin embargo vivo enamorada de la hora en la que el sol se va, el caribe colombiano se tiñe de rojo a esa hora, corre una leve brisa y todo es posible...no me gusta llegar tarde a casa, tengo que estar pendiente de los muchachos, de que lleguen a la hora, y tengo órdenes estrictas de no dejar entrar drogas de ningún tipo. A partir de las 10 de la noche tengo la obligación de cerrar con llave la puerta del hogar...pero soy incapaz...no se si me empiezo a sentir medio hermana, medio madre, o medio amiga...pero dejarles dormir en la calle, eso no puedo.

-PRINCESAS-
 
Ha pasado un mes ya desde que llegué, y sigo perdida. Trato de ayudar, de hacer algo por alguien, pero los niños tienen unos problemas que no puedo ni entender. Por las tardes voy al hogar donde viven las niñas, mis princesas, y ellas me cuentan qué les ha llevado a dejar sus casas, y a vagar por ahí...las veo sentadas, tan guapas, y no se qué decirles cuando me piden que participe, que les cuente de mi, de mi vida...y yo tengo tanto y tan bueno, que callo y me sonrojo; nunca fui tan consciente de lo excepcional de lo cotidiano como en estos momentos. Ellas me consienten y no me exigen más. Cuando salgo del hogar, aún hace calor, y me dirijo al centro. El caos. Olores que se mezclan con el polvo ballenato, y con los gritos de los vendedores de agua. Quiero comprar algo que pueda regalarles a las niñas pero apenas las conozco y no tengo prácticamente dinero. Me decido por unos pequeños jabones que huelen dulzón. Compro papel muy rosado y muy brillante, y vuelvo feliz a casa, nerviosa por ser la primera vez que voy a abrirles un poco el corazón a las princesas, ellas son tiernas y yo me siento pequeña ante las barbaridades que han sufrido. Y sólo tengo plata para unos jabones.
 
-LA CALLE-
 
Hoy me toca trabajar en la calle, en una brigada. Mi labor consiste en caminar bajo un sol insolente y anotar, uno a uno, los nombres de los pelaos que veo. Me explican que hay que tratar de sacarlos, de llevárselos a un hogar y de nuevo me siento invisible, no se cómo hacerlo. Me acompaña Rubén, un educador que además vive en mi casa una semana de cada dos. No me separo de él ni un centímetro. Caminamos y vamos saludando a uno, a otro, al hermano de este y al de aquel. Me gusta reconocerlos, algunos días hay niños nuevos. Los que llevan ya tiempo en la calle son viejos, son niños ancianos. Piel oscura y dura, pies descalzos y un descaro para traficar con todo y con todos del que no me escapo ni yo.
Estando con ellos, siento como si el mundo entero se redujera a nuestras conversaciones. Me cuesta imaginar qué les puede llevar a dejar sus casas para alojarse y aliarse con esta vida perra. Su particular universo está habitado por sicarios y ajustes de cuentas. Las niñas se prostituyen, y ellos roban, pero cuando me abrazan fuerte lo hacen como niños, no han perdido del todo al niño.
Hoy se nos detuvo el tiempo, a ellos y a mi. Sé dónde pasan las noches tratando de cuidarse los unos a los otros, y de evitar que lo malo les pille en medio del sueño; las murallas son el refugio de sus sinsabores, y allá me dirigí hoy al acabar mi turno. Había pasado ya la maravillosa hora en la que el sol se va, compré de comer, y me senté junto a ellos. Me dejaron hacerlo, no se extrañaron, aceptaron mis dulces y nos dejamos mimar, ellos por mi y mis manjares, y yo por sus ocurrencias y sus historias fascinantes. La luna nos miró fija hoy, quizás sea porque -como yo- no encontró esta noche mejor sitio donde estar.

-PLAYA BLANCA-
 
El mismo calor húmedo de cada mañana se ha instalado en mi cuarto; Me levanto, preparo el café, hoy sin azúcar ni leche. La comida que tenemos asignada para el mes es escasa, y los artículos de lujo se acaban pronto. Es curioso, ni me acuerdo de ello. Comemos lo que hay. En casa aprovechamos la cáscara de las patatas y la freímos, no miramos fechas de caducidad y ponemos mucho mimo en inventar comidas a base de poco. Pero no me importa, tengo todo lo que necesito.
 
Bajo las escaleras que unen mi pequeño apartamento con el piso donde viven los chicos, han sido más madrugadores que yo y me reciben sonrientes. Me siento un rato a charlar con ellos, suena una champeta en nuestra radio, y alguno prepara limonada. Me hacen reír, me consienten, y me cuentan de sus cosas, de cómo va su adicción a la marihuana, a la engañosa vida de la calle, y a las malas compañías. No es fácil para ellos salir de todo eso. He visto muchos días como llegan de la calle vencidos, la droga  les cambia hasta el gesto. En esas noches, pasan por casa de nuestro vecino y toman prestadas algunas flores de su jardín, es su manera de mitigar la vergüenza que les da aparecer en casa derrotados por el vicio. Llegan, me obsequian con sus flores, y bregan por no mirarme a los ojos cuando me abrazan deseándome dulces sueños. No puedo pedirles más ahora. Son  lindos mis muchachos.
 
Quisiera poder congelar estos ratos bajo la sombra del palo de mango de nuestro patio.
 
En unos días vuelvo a España. Esta noche la pasaré fuera, con mis amigos. Me recogen impuntuales, alborotados, han conseguido una camioneta no se sabe dónde y juntos nos dirigimos al paraíso en la tierra: playa blanca, en la isla de Barú.
 
Curvas, baches, risas, cuentos, y la pena que antecede a la nostalgia que se que voy a sentir el resto de mi vida. Es la última vez que recorro estos caminos así, despreocupada, superviviente emocionada de mi particular aventura. Ya nada me resulta extraño, estrené amigos hace varios meses, todos costeños, leales, alegres y generosos.. No quisiera irme nunca de aquí, pero la poca conciencia que me queda de mi vida pasada me dice que esto no debe de ser para siempre. He recuperado la confianza y la alegría. Mi trabajo y los niños me han devuelto las ganas de todo, ellos, sin saberlo, me han dado con creces lo que yo venia buscando. Se me ha terminado el dinero que tenía ahorrado y debo regresar.
 
Ya hemos llegado. Es la playa más blanca, donde he pasado los mejores momentos, arena finísima y agua turquesa. Ni un rastro de civilización. Esta noche hemos traído con nosotros todas las ganas de abrazarnos, de disfrutar de una noche más todos juntos, y hablamos, y reímos, y el ron nos hace contar de más, y también de menos. Hoy duermo en una hamaca caribeña, se cierra por la parte de arriba y cuelga entre dos cocoteros, cierro los ojos acunada por el ligero movimiento, sigo escuchando las risas de algunos, y el leve crujir de las ramas y del esparto. Me duermo con la dolorosa certeza de que nunca más volveré a estar así de bien.
 
-RECUERDOS-
 
Me pides que te cuente de aquel viaje, y aunque sigue vivo en mi, no sabría explicar cómo es aquello, el olor más parecido que guarda mi memoria es el del algodón de azúcar, y me animo a contarte que en el centro, a lo largo y ancho de las calles coloniales, ese olor se mezcla con el barullo de los niños que van y vienen; niños más míos que de nadie por estar solos en el sentido más real y desnudo de la palabra; y te cuento que nada es comparable a pasar una tarde por y con Cartagena de Indias, una sola, cada esquina, cada vuelta, cada guiño, valen un mundo, más que un mundo, y que no he conocido yo dilema mayor que la bachata y el jugo de Mango en medio de la pobreza más total.
Te contaría también que tu amor es lo único que me mantiene aquí, que parte de mi alma prefirió quedarse, y que si tú me faltases me volvería sin dudarlo. Pero eso no te lo cuento.
Sólo se oye el ruido de la leña en la chimenea, está cayendo la tarde y sigue nevando en nuestro primer mundo.
 
-FIN-

5 comentarios:

Eva dijo...

Hola Marta!!!Acabo de leer todos tus relatos y me han encantado. Genial!! Sigue escribiendo y seguiremos leyendo. Leer es la mejor forma de vivir en la magia y la imaginación. bsks

Nere dijo...

Niños, sólo son eso, niños. Pero gracias a gente como la de tus relatos recuperan pequeños momentos de algo importantísimo llamado infancia.
Marta me haces reflexionar mucho y espero que las demás personas lo hagan tanto como yo.
No me canso de darte las gracias por tus palabras e intenciones con ellas.
MUAK

Laura dijo...

Me encantó Marta!!
Sigue escribiendo!!!

Pía dijo...

Como ya imaginabas me hiciste llorar.

Me encanta como empleas el verbo consentir.
Hasta ayer noche siempre le otorgaba una connotación negativa.

¡Quiero que me consientan y consentir yo también!

itziar dijo...

Tal y como esperaba,la segunda parte no me ha defraudado!.xx